Atlántica ha pasado como una verdadera marejada. Llena de prisas, nervios y por sobre todo ilusión.
Quiero escribir algo sobre eso, sobre la ilusión compartida, pero todavía tengo la piel con los poros muy abiertos y prefiero esperar.
Regodearme un poco más, y permitidme el egoísmo, en la sensación maravillosa de hacer algo en lo que crees.
Pero la vida sigue. Mi trabajo, mi vocación, esa que paga las lentejas me llama y así empecé la semana dejando de ser directora de, para ser la narradora de historias que día a día se enfrenta a la tarea maravillosa de sembrar puñados de semillas en el viento.
Ésta semana, preámbulo de los locos meses de abril y mayo, es un muestrario de públicos, bebes, niños, adultos, adolescentes.
Adolescentes que llegaron como llegan, como me recuerdo haber sido un día.
Y me reconcilio con lo que fui y lo que soy.
No era fácil contar lo que tenía que contar «A nena do abrigo de astracán» de mi querido Xabier Docampo.
Uno porque nunca es sencillo contar una novela, dos porque ésta novela es de las que quieres contar cada detalle y tres, porque aún hoy se me hace un nudo cuando recuerdo la última conversación que tuvimos por teléfono Xabier y yo, sobre una frase que sale casi al principio del libro.
El público y yo hicimos un pacto y funcionó una vez más. Dejarse guiar por donde las palabras querían discurrir. Y así llenamos la planta superior de la Biblioteca de Rialeda de música de cine, de artistas famosos, de personajes anónimos, de miedo, de risas, de fantasía, de voces del más allá, de historias que siguen sin contarse.
Una vez más sucedió esa maravillosa mutación, que solo se puede entender cuando alguna vez regaste una planta con sed.
Ese erguirse lentamente, ese despertar de las miradas, ese silencio expectante…
Toda tuya la magia Xabier, toda de esas palabras que vuelan por el aire y sin la que nada somos.
El nudo se me terminó de desatar de la garganta, cuando una adolescente en la que reconocí a una de las caritas asiduas de la hora de los cuentos, abrió la mochila y puso en mis manos un regalo de su madre para mí.
Los que me seguís me habéis escuchado decir mil veces que hay tartas que curan.
Evita, tu bizcocho (delicioso) ha sido un bálsamo maravilloso en estos días en que el cuerpo pide pausa.
Gracias!

p.d:interesad@s en la receta pónganse en la fila

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