
Enganido, anghenido, entangariñado, inguinio, arangaño, tangaraño…
Si el domingo fue el turno de la Candelaria, ayer lo fue de San Blas.
Mujer que, para trabajar, necesita su garganta en óptimas condiciones, tiene que ir de romería.
En San Cibrao, Chapa, en el Concello de Silleda, se encuentra la capilla de San Blas y la fuente de la Virgen de Piedra.
La sombra de un árbol dibuja una estampa hermosa sobre el muro de la pequeña iglesia.
Bajamos hacia el río en busca de la fuente.
La leyenda nos cuenta que un ermitaño localizó dentro de la fuente una Virgen de piedra (de ahí el topónimo). Tras este hallazgo, construyó una capilla junto al desaparecido hospital de peregrinos, muy próxima al río Toxa. La actual capilla de San Blas fue edificada en el siglo XVIII.
El tres de febrero, el día después de la Candelaria, se celebra San Blas, santo taumaturgo y abogado de las dolencias de garganta desde que curó a un niño que moría asfixiado por la espina de un pez que tenía clavada en la garganta.
El agua de la Virgen de la Fuente está fuertemente asociada a prácticas de ritos milagrosos y curativos para tratar la dolencia infantil del anganido (anemia, raquitismo…). El ritual consistía, en primer lugar, en lavar en la fuente al niño o a la niña el domingo anterior a San Blas. Después, se arrojaba la camisa con la que se había bañado por el reguero. Finalmente, se llevaba a la persona enferma a la capilla, donde se celebraba la segunda parte del rito, que consistía en tocar a la santa para sanar.
Aún puede verse en la piedra que cubre la fuente el desgaste, seguramente producido por el uso ritual, aunque el desnivel es considerable.
Yo conocí el mal del tangaraño gracias a un cuento de Quico Cadaval:
Ten conta, santiño,
do meu tangaraño,
doente cho deixo,
devólvemo sano.
Imagino a las familias junto a la fuente y regreso.
Pero ayer mismo me acerqué a la Colegiata de Sar, compré rosquillas del santo y hablé con don José Porto Buceta. Le conté mi visita al San Blas de Chapa y, mientras guardaba en la cartera la estampa protectora, me dijo don José:
—Cada día hablas mejor el gallego, haces bien: “en terra de lobos, ouvea coma todos”.
Me fui tan contenta que el sol brillaba más.