Lo que se hereda no se roba, dice el refrán, aunque de robos se trata ésta historia.
Desde que tengo memoria vi a mi padre intentar sacar adelante una planta de camelias en el jardín de mi casa.
No tengo ni idea si Uruguay es un lugar apto para ésta flor, pero mi padre, erre que erre, insistía.
Mimaba la tierra, la planta y una sola vez, la flor que nació.
Será que me gustaba verle con las manos en la tierra húmeda o porque mientras trabajaba la tierra me contaba la historia de una mujer llamada Margarita que iba a la ópera con gemelos, bombones y camelias, que en mí se ha perpetuado la idea de tener un camelio.
Me enteré más tarde que era una conocida cortesana, que protagonizaría la ópera de la Traviata de Verdi.
Pero en mi memoria, quedó grabada como una mujer preciosa «La dama de las camelias»
Al igual que a mi padre, y eso que estoy en Galicia, la camelia se me resiste.
He tenido varias plantas, compradas con certificación.
Y todas se han muerto.
Hasta hoy.
El año pasado visitamos una propiedad abandonada, os puse por aquí las fotos, no diré ahora el nombre, porque se dice el pecado, pero no el pecador.
En un jardín exuberante, tomado por las hierbas y las hiedras, por el medio, florecían decenas de camelias.
No me pude resistir y robé una ramita.
Me la traje, la planté, la cuidé y con alegría veo, hoy que sería tu cumpleaños, que está por florecer.
Será la fuerza de un recuerdo, será que te marchaste con los años que yo tengo ahora, será que es el momento…
Será que hay días que una se siente más huérfana