Cuando de saltar a la comba se trataba, no había quien me ganara. Con los brazos cruzados, hacia adelante, hacia atrás, de lado, con cuerda que cambiaba de mano de rumbo, con alguien más…
Un día le sumé lo de saltar vallas mientras corría y salto largo en cama de arena.
Y con el tiempo, cercados, muros, puentes, piedras en medio de ríos.
Sin pensarlo, tan solo con impulso, respiración acompasada y ganas.
Luego un día, sin saber muy bien cuando, dejé de saltar con tanta frecuencia, se volvió algo ocasional.
Hace unos días, en el patio de un cole, miraba, desde el apoyo de mis muletas el juego de varios niños y niñas con su comba de colores.
Y tuve una nostalgia enorme.
Ésta semana, mi fisioterapeuta, agregó algunos ejercicios a la rutina de recuperación de la rodilla.
Y tocó saltar.
Y me lo tuve que pensar.
Lo conseguí, un salto que levantaba pocos centímetros del suelo, pero lo conseguí.
Y desde el lunes, voy por la casa, como un gorrión, picoteando con los pies cerca del suelo.
Anhelando el momento de saltar más y más.
Y prometiendo, que pase lo que pase, me voy a regalar un salto cada día.
Porque llevo una temporada de tanto pie en la tierra que me ando poniendo mustia.
Y no me gusta nada.
O como dijo mi ex médica de cabecera, la que no me manda al traumatólogo por romper un menisco, ni por tendinitis, ni por un juanete que no me deja andar: será cosa de la edad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *