Pastaflora

-Abuela me duele la panza.
-¿Te preparo un té de marcela?
-Mejor una pastaflora
-Flora es tu tía, la torta es pas-ta-fro-la.
-Pues de esa, dos una para ahora y otra para llevarme a casa.
Luego venía el momento de coger tenedor y en un plato de peltre amarillo con cachones negros en un lado, entrar a pisar con fuerza el dulce de membrillo.
El agua tibia ayudaba, pero era inevitable algun goterón de dulce que se limpiaba rápido pasando el dedo por la mancha y el dedo por la lengua. No quedaban pruebas del delito.
Mientras mi abuela iba a por el tarro de mantequilla casera, los limones y la harina.
Esa mezcla de blancos y amarillos eran el complemento ideal para el rojo del membrillo.
En un cuenco volvíamos migas la mantequilla. 
Aun hoy cuando quiero escribir y no me sale, me froto un dedo contra otro, imaginando la sensación aterciopelada de la harina abrazando la manteca dorada.
Esas bolitas blancas y tibias que como por arte de bilibirloque, se volvían una masa suave y aterciopelada.
Luego los bastoncitos de masa que había que estirar con maestría para que tuvieran el largo de la tartera.Todo un desafío, una muestra de control de fuerzas en la palma de la mano.
Finalmente hacer la rejilla de masa sobre el membrillo que ya dormía en la tartera.
Mi abuela hacía trencitas con las tiras y a veces cuando sobraba masa, o le hacía una flor en el medio o me hacía un bollito que metía en un lateral del horno y que por su tamaño se hacía antes y por suerte podía comer primero. 
Eso si, nada de agua fría después de comerlo, que sino, «se te hacía una piedra en el estómago».
La tarta se pintaba con huevo y luego desaparecía en ese mágico invento de calor que daba vida a cualquier cosa que saliera de la cocina.
Cuando llegó el adelanto de un horno con cristal en la puerta, me sentaba enfrente para mirar como la masa que estaba escondida, emergía lentamente.
Pero mientras hubo horno de leña, con la puerta cerrada a cal y canto la espera pasaba por otros sentidos.
La información era más verídica.
El aroma dibujaba en el aire mi ansia.
Primero era el azúcar que se derretía grano a grano, luego la masa que se llenaba de burbujas de aire que estallaban modestamente soltando globos sondas de olor a pan caliente y finalmente, la sirena de “está listo” la daba el olor a membrillo caliente.
Sobre la pala de madera emergía el regalo, la curación para mi «dolor de barriga».
Remedio que seguí usando incluso después de saber que todo era un cuento de mi tío Pocho, que adoraba la pastafrola y que usaba mi poder sobre la abuela, para tenerla a la tarde acompañando el mate.
Un día paseando por Sicilia, me la encontré en varias pastelerías. Las probé todas. Estaban deliciosas. Pero como aquellas de aquel rincón de infancia…ninguna.
Cómo soy de las que creo que uno se puede reencontrar con lo bueno de la vida, cuando me duele la tripa, me preparo una «pastaflora» que fue como se le dijo siempre en mi casa y me la como a la salud de mi tío y a la memoria de mi abuela.

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