Es Carnaval, corre febrero del año 1932, en el Hotel Alhambra Palace un arlequin y una ficha de dominó, se cruzan y se miran.
Es un año extraño, la Segunda República comienza a dar sus primeros pasos, con amores y odios que la acechan. Pero esa noche nace una historia de amor acallada durante décadas.
Amparados en el champán, los amantes se deslizan escaleras arriba y cual noche de carnestolenda, con la luz de la mañana, olvidan la noche de locura.
El arlequin es un joven aspirante a actor, de 18 años, como diría mas tarde «un provinciano conformista y carente de de inquietudes». La ficha de dominó, es el poeta maduro, gran creador que ya goza de reconocimientos públicos, fama y éxito.
Uno es Eduardo Rodriguez Valdivieso el otro Federico García Lorca.
Pero no es hasta agosto en que se vuelven a encontrar, el poeta, tenía al joven en su memoria y nace allí lo que eufemísticamente, al uso de la época, llaman una amistad. Una amistad plagada de gestos y cartas únicas.
Luego llegó la hora fatídica, la sangre derramada, el ocultismo, la negación de una parte de la vida del poeta que negar sería mentir su obra.
Dice Manuel Francisco Reina que «existe un enorme prejuicio, que tiene que ver con los atavismos españoles de nuestra historia reciente, a entrar en la biografía más íntima de nuestros personajes más señeros. Hace siglos que los grandes biógrafos alemanes, franceses, ingleses y, poco después, americanos rompieron ese tabú, razón por la cual las mejores semblanzas y biografías de autores tan nuestros como Cervantes, Santa Teresa, Lope de Vega o Góngora, con raras excepciones, no son españolas. Quizá porque el anquilosado mundo académico ibérico no ha terminado de comprender lo que en otros ámbitos universitarios más internacionales sí: que si bien lo importante de un autor es su obra, también lo es que su biografía puede explicar o determinar de forma decisiva su creación»
Tal vez por esta razón la mayoría de los mejores estudios sobre el poeta de Fuente Vaqueros, han sido realizados por investigadores foráneos, menos influenciados, por censuras sociales, familiares o personales que han rodeado la vida y la obra del poeta. Como, por ejemplo, su vida amorosa, en la que Eduardo Rodríguez Valdivieso ocupa un lugar destacado.
Poco antes de morir, Valdivieso finalmente reconoce que lo vivido con Federico fue una apasionada historia de amor truncada.
Fue una de las últimas personas en ver con vida al poeta.
Ian Gibson, en su ensayo «Lorca y el mundo gay», defendió la tesis de que la relación entre ambos fue mucho mas seria de lo que muchos negaban.
Valdivieso,se escuda «en el nublado en que todos naufragamos», el alcohol, para reconocer finalmente aquella entrega amorosa de carnaval. Luego dona a la Casa Natal de Federico García Lorca, las cartas que conservaba del poeta.
Son del otoño del 32 las primeras cartas de Federico a Eduardo. En ellas se muestran la dualidad del hombre maduro que aún no conoce del todo los sentimientos de aquel joven cuando le dice: «Yo como siempre te recuerdo, quiero saber de ti y tener un lazo de unión contigo. Creo que eres sincero y es esta una virtud que junto con la lealtad, forman base del sentimiento de la amistad que yo cuido y precio como una joya rara».
Y aún más, le advierte: «No leas mis cartas a nadie pues carta que se lee es intimidad que se rompe». Y, sin embargo, en esta misma carta late la contradicción, el deseo de vivir unos afectos abiertamente: «Tú y yo nos conocemos poco todavía ¿verdad? Pero espero que esta simpatía haga que queden al descubierto las flores de nuestra amistad».
La relación prosigue, Federico alienta los deseos de Valdivieso de ser escritor y actor, incluso lo incluye en una representación en Granada de La Barraca.
Valdivieso viajará a Madrid en 1933 donde Lorca le presentará a Alberti, a María Teresa León y a La Argentinita, como él mismo contará en los 80 y dejará escrito de su puño y letra. Es en ese momento cuando la relación alcanza su cima. La pasión se acrecienta, como deja a las claras la vehemente carta de ese año en lápiz rojo. Le escribe Federico: «Estoy en la cama, ya dispuesto de veras para entrar en ese divino mar sin barcos del Sueño y quiero con este silencio que me rodea decirte lo mucho que te quiero y lo mucho que pienso en ti». Y aún lo explicita más el poeta cuando añade: «Ahora tengo una enorme gana de verte, un deseo de hablar contigo, de llevarte a mundos que no conoces donde tu alma se ensancharía sobre los cuatro vientos. Pero estamos los dos atados y aunque tenemos por fuerza que romper las cadenas son muchas las horas en que estamos el uno sin el otro».
Federico, en una de las cartas, le pide una foto a Valdivieso. Eduardo le envía una foto muy del gusto surrealista de la época en la que aparece repetido en un espejo. Federico le escribe: «Me faltan labios para besarte cinco veces».
La familia de Eduardo se opuso a que el joven, menor de edad según las leyes de entonces, tenía 19 años, se marchase con Lorca.
Pero siguen en contacto hasta casi el final.
Valdivieso narra la última vez que le vio: «El 18 de julio de 1936, era el santo de Federico. Yo fui a felicitarlo. Estaba durmiendo la siesta. Al cabo de un rato bajó, pálido y demacrado. Estaba aterrorizado por una pesadilla que había tenido. «Unas mujeres enlutadas, cubiertas de negro», me contó, «me arrojaban al suelo y hacían ademán de golpearme con unas enormes cruces». Unos días después lo detuvieron».
Se han cumplido 77 años de la muerte del poeta, a través de las cartas en una edición facsímil, el genio, la pasión y el deseo de felicidad, la necesidad de esa «corona divina del amor» que fue para el poeta, Valdivieso, finalmente dan mas luz a todos los que amamos la poesía del genio de Granada.