Se dice que el mar, es de los hombres, para trabajar me refiero, sin embargo a poco que empiezas a conversar por puertos y bares de costa, los nombres de las mujeres aparecen. Y no solamente para bautizar una embarcación.
Voy hacia Baiona, la ola de calor tiene el termómetro asombrado, el cielo es celeste y el mar está milagrosamente en calma.
Miro entre las rocas y pasados unos km, me encuentro con decenas de percebeiros que empiezan su jornada.
Una jornada de trabajo que marcan las mareas vivas, la pleamar, el estado del tiempo.
Busco a Susana, la Presidenta de la Agrupación de percebeiros y percebeiras de Baiona. No soy la única, la televisión de Algeciras, también ésta, o por lo menos eso entendí yo, que al llegar comprobé que era Al Jazeera.
Me calzo unas zapatillas antideslizantes y salto entre las piedras, me acerco todo lo que puedo, pero una lengua de mar, me deja a pocos metros de mi objetivo.
Me avisan que Susana está mariscando en las rocas que están un poco mas al oeste.

 


Tanteo la zona, parece poca distancia y poca profundidad, quiero acercarme para fotografiar mejor, pero ni es tan poca distancia ni el suelo es tan sencillo de pisar y por sobre todo, no hay como evitar que el equipo se moje.
Me resigno, cojo tele y comienzo a disparar.
Y así, sin esperarlo, me llega de regalo, un espectáculo único. Una decena de mujeres, salta, corre, gira, trepa, se agacha…danzan.
La música es éste mar en calma, que para una de tierra adentro como yo, da mucho, pero mucho respeto con sus olas de metro y pico. No quiero ni imaginar las de cuatro o cinco. Las rabiosas de invierno, las heladas olas de enero, la espuma cenicienta de diciembre en luna nueva…
El percebe crece donde mas golpean las olas, por eso hay que arriesgar. Ese tesoro en forma de extraños dedos de increíble sabor, exige cada año alguna vida y unos cuantos huesos rotos.
Sin embargo en esta mañana de verano, solo escucho las risas, las bromas, los gritos de «ola» que generan retirada, algún chapuzón y miradas atentas.
Porque siempre, siempre, hay que mirar el mar. Es la primera lección.
Intento adivinar cual es Susana, no se por qué, pero se me da que es la que está en la zona de mayor riesgo. Una cabeza de cabellos rojos que se eleva y empapa saltando de una roca a la otra.
Y no me equivoco.

 


Es la primera en sopesar la bolsa que lleva en la cintura y comprobar que su tope de captura fue cubierto.
La veo meterse en el agua para llegar a donde estoy, y compruebo que mi equipo no hubiera llegado seco al otro lado.
Me sonríe, mientras grita alguna cosa a las que aun quedan recogiendo percebes.
Y mientras caminamos hacia su vieja R-5 me voy encantando con el habla de ésta mujer.
Ríe, gesticula, salta, respira agitada por el esfuerzo y sin embargo, da la sensación de tener energía de sobra para volver al mar.
Mientras carga los percebes recogidos en un capacho, recibe a la guardia, que la cofradía tiene contratada. Le dan el parte de la mañana, algún que otro intento de coger furtivamente. Nada fuera de lo común.
-«La crisis ha puesto mas furtivos que nunca en nuestra costa».
Y lo peor no son los furtivos de «fuera» buscadores ocasionales de un complemento a la magra economía familiar. Lo peor son los de «dentro» que conocen perfectamente las zonas donde no se puede mariscar, y cogen allí el mejor producto y hacen mucho daño, porque la Agrupación de Baiona, tiene medidas mas restrictivas que la propia Xunta en relación a las zonas y cuotas de captura y zonas de descanso. Son conscientes que la mala utilización del recurso, pone en peligro la fuente de trabajo de todos.
Y esas medidas molestan a mucha gente, así que mejor tener un vehículo viejo que duelen menos las ruedas pinchadas o los rayones en la chapa.
Van llegando las demas percebeiras y una manera de sonreir, ciertas bromas cariñosas, me indican que hay cuatro que tienen algo mas en común que la profesión.
Isabel, Belén, Susana y Lala (Eladia) son hermanas, hijas y nietas de percebeiras.


A poco que rasques, las mujeres están en el mar, desde siempre.
Como estas hermanas de Baredo, una aldea arriba de Baiona, que de niñas vieron a sus abuelas Angelina y Casilda, marchar cada día a enfrentarse con el mar.
«Este mar que siempre es joven- como dice Isabel- que te deja anonadada con la fuerza que siempre tiene»
Éste mar que como todo joven tiene un carácter inestable, que puede estar en calma, pero barruntando una ola que te puede costar muy caro. Éste mar al que hay que mirar siempre de frente.
Solo se le da la espalda para correr y alejarse de la ola traicionera.
Éste mar que así como da, quita.
Y de eso saben bien las cuatro. Todas cargan con algún susto a cuesta «imposible no tenerlo en tantos años, si no lo tienes es que te quedas en la orilla»
Aunque Lala es de la idea que mejor coger de menos calidad o tamaño, pero no arriesgar tanto.
Será que ella llegó al oficio la última, pese a ser la mayor. Luego de estudiar, como todas, pasó a trabajar de pastelera y luego montó su propio negocio, pero finalmente, como dice Susana «la cabra tira al monte» o al mar, «y nosotras somos un poco cabras, o estamos como cabras, dice riendo» y Lala se sumó a la familia.
Las escucho y puedo sentir el latir del Atlántico en cada una de sus palabras, éste Atlántico que extrañan cuando marchan unos días de vacaciones, que necesitan para respirar mejor, para olvidar penas y estres. «El mar es algo tan intenso-dice Susana-que allí olvido todo».
Si estás al percebe, no puedes estar a otra cosa, no puedes tener la cabeza en otro sitio.
Porque cada día se aprende, cada día hay que observar, fijarse, comprender al mar. Sus olas, sus pleamares, sus mareas.
No vale aquello de contar los ciclos, tres olas y fuera, no, el mar no respeta leyes y las olas pueden venir como les de en gana. Hay que saber saltar a tiempo, y esperar que la corriente sobre una piedra, sea como esperas que sea, porque un mal salto, puede ser algo mas que una caída.
Aun pesa en la memoria, la compañera muerta en Navidades en A Guardia.
No la conocían, pero saben que podía haber sido cualquiera de ellas.


Cualquiera de estas mujeres que hoy en día son el 50% de la Agrupación de percebeiros. Estas mujeres a las que hace unos años algunos hombres criticaban por salir de casa y quitarles el jornal, a ellos que tenían que mantener una familia, mientras decían que nosotras lo hacíamos para compranos las cremas»
Eso por suerte ha cambiado mucho, Isabel no solo es la secretaria de la Agrupación, sino también es la secretaria de la Cofradía de Pescadores de Baiona y con Susana, son miembros del Cabildo, el máximo órgano rector de los trabajadores del mar.
«Saben que somos bravas, por eso nos respetan, saben que defendemos lo nuestro y lo de los demás con fuerza y diciendo las cosas claras, por su nombre»
Son conscientes de que tienen un trabajo duro, al que a veces en algunos días de invierno, da menos ganas de ir, cuando las olas se elevan varios metros y el frío entumece los dedos de las manos y de los pies. Cuando notas que tu cuerpo no responde con agilidad al golpear del mar. Cuando el frío hiere.
Y eso que ahora tienen neopreno que les abriga y protege de los cortes, imaginar como era todo en los tiempos de Angelina y Casilda, o los primeros años de María, su madre, que iban al mar con ropas y calzado viejo y regresaban a casa, llenos de cortes y heridas provocadas por el mejillón que convive con el percebe en las rocas, sobrecoge.

Casilda y Angelina no supieron lo que era estar amparadas por una agrupación que defendiera sus derechos, cogían el percebe y marchaban en tranvía a Vigo,con las cestas en la cabeza, para vender en la plaza. Mas adelante, María, como tantos otros, vendía directamente para establecimientos de hostelería de la zona y hoy las hermanas, cumplen a rajatabla, la cuota autoimpuesta. Cinco kilos brutos, para quedar en mas o menos cuatro, luego de la limpieza y clasificación en lonja. Si coges de mas eso va a un bote común de la agrupación. Una vez al mes se paga una cuota y se coge un kilo extra de percebes para los gastos. Mantener las costas vigiladas, significa pagar a cinco personas que estan pendientes las 24 horas los 365 días del año.Es mucho dinero.
Pero su hacer ha demostrado ser el adecuado y hoy, percebeiros de medio mundo imitan el accionar de la Agrupación de Baiona.

 

Se ponen serias para hablar de la importancia de una buena gestión de los recursos, pero vuelven a reir, cuando cuentan pequeñas grandes batallas, caídas, resbalones, algún hueso roto «beber mas agua de la que puedes tragar»…
Trabajar entre hermanas tiene su lado bueno y su lado malo.
Por un lado María, que hace años, siendo ellas niñas las llevaba para coger algas en la playa, haciéndoles dar esos primeros pasos en éste gran amor que hoy tienen, ahora tiembla.
Cada mañana les despide, recomendándoles cuidado. Ellas le bromean para quitar leña al asunto «Mamá, el mar debe tener cuidado con nosotras».
El día que las conocí, eran un racimo de mujeres en la roca, pero lo normal es andar de a dos, para mirar y ser visto, algo fundamental, si tienes una caída. «Hay compañeros muy fieles, que no dudarán en salvarte si estas en riesgo, pero tener a tus hermanas, da mas seguridad y también mas miedo, porque sabes que si te pasa algo, la pones en riesgo a ella también, que no dudará en jugarsela por ti».
«Pero nadie nos manda», repiten como en letanía. «Amamos ésto, es nuestra vida. Nadie viene al percebe sin gustarle. Eres libre, no tienes patrón…»
«Es cierto que corres riesgos, pero tienes un horario, que se puede compaginar con la familia. No es lo mismo que estar en una cinta de fábrica.» Lo dice Isabel, pero lo confirman Belén y Lala.
«Puede sonar cursi, dice Susana, pero yo no se vivir sin respirar mi Atlántico».
Y le entiendo, miro el mar y recuerdo unos versos

Unha chaira sen muros nin cancelas.
Un ollo aberto pra engulir profundo
as formigas, os homes, todo o mundo,
incluíndo os luares e as estrelas.
Un mar pra andar perdido e achar o tino
como noite continua ou pesadelo
onde o corpo ten de ir espido, inxelo.
Principio e fin das cousas, mar divino.
Bernardino Graña
Do poemario “Profecía do mar”.

Artigo publicado no outono do 2013 na revista Benbo

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