La casa encendida II

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Observen como al final, las posturas han cambiado, hasta hay quien a subido la pierna sobre la butaca. Yo también estaba feliz. Recuerdo el trayecto al hotel, por ronda de Valencia, menos feo, con el aire que me acariciaba la barriga por debajo de la camiseta. La mochila no pesaba en mi espalda. Fue de las pocas noches que no me costó cenar sola en una taberna. Una canción, siento ser obvia, de Sabina me acompañaba mientras cruzaba la Gran Vía. A la mañana, mi globo azul llegaba.

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