Estas vacaciones me han regalado muchas alegrias los libros. Venía de una etapa en la que solo encontraba cosas que me gustaban, en autores o ediciones ya ultra conocidas. Un poco harta de los «nuevos». De toda esta serie de títulos que solo porque los escriben personas que tienen una condición social, política o sexual, hasta ahora marginada, ya les daba la orla de buen libro. Por suerte uno en la vida tiene que rectificar conceptos. Y no me sonrojo al decir que me di de narices con un monton de títulos que me llevaron de un tirón a la querida etapa de leer compulsivamente, por placer, no «posibletextoparasercontado».
Hay varios, Hanif Kureishi, «El buda de los suburbios» y «El cuerpo», Paula Carballeira, «A era de Lázaro»,Sam Shepard, «El gran sueño del paraíso», Arto Paasilinna, «El molinero aullador»,Michel Houellebecq, «Plataforma» y 576 páginas para perderse en «La sombra del viento» de Carlos Ruiz Zafón.
Llegó a atraparme de tal manera que leía en la rendija de luz que dejaba colar la ventana del hotel, para no despertar a Manuel.
Me pareció fantástico que alguien sin meter misterios del santo grial de los cojones o caballeros o sábanas santas o vidas ocultas de geishas o mujeres que bailan con lobos puede atrapar, envolver.Y vender, yo he comprado la 39ª edicion.A mi alrededor brillaba el sol, pero en mi cabeza la niebla me llevaba al cementerio de los libros olvidados. Me perdía en viejas fuentes rotas, o sentía la madera del mostrador de la librería, o me probaba un sombrero o me enamoraba irremesiblemente de una sombra. Me embrujó, por suerte.

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