De pequeña, como seguramente lo hicieron muchas niñas, iba a jugar al trabajo de mi padre. Un patio enorme, rodeado de oficinas, caballerizas, cocheras y detrás una sucesión de terrenos baldíos, con árboles y hierba.
Mi padre trabajaba y siempre había alguien que nos vigilaba. Al fin y el cabo, su trabajo era ese. Vigilar.
Con los años supe que ese patio ocultaba una historia de terror, allí estaba el cuerpo de la maestra desparecida Elena Quinteros, Eduardo Bleier y tantos otros.
Ese patio seguro para mí, era llamado el Infierno Grande por los que sobrevivieron a los meses de tortura y represión.
Una tortura que se perpetuó a los familiares, porque hay gente que supo siempre quienes estaban allí.
Hoy en el paisito hay elecciones, aunque los periódicos de por aquí, miren más hacia Argentina.
Yo no podré votar, mi credencial cívica se queda guardada, los uruguayos en el exterior, no podemos ejercer ese derecho.
Y junto a las elecciones hay un Plebiscito de reforma constitucional en materia de seguridad en Uruguay, que se traduce en «militarizar las calles».
Vivir sin miedo, dicen algunos.
Y ese es un derecho inalienable.
Luchar contra la inseguridad es obligación de todo estado.
Pero si algo aprendí de mis años de juego en seguro, es que la seguridad de unos, cuando de por medio hay militares, significa la inseguridad de otros.
Como decía mi amigo el Toba, «un milico con poder, por chiquito que sea, es un peligro»
El día se me hará largo, no solo por la hora extra, sino por escuchar lo que digan las urnas.
Como diría Artigas, con libertad no ofendo ni temo.
Mi corazón en celeste.

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