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Pasé por Salamanca, el domingo. La función era a las 8 y a esa hora llegué a la estación de autobuses.
En la plaza de los Bandos se podía oler el aroma de libros de páginas añejas.
Contar allí fue una gozada.
Simplemente cerrar los ojos y volver a mi vieja biblioteca, la de la colección Robin Hood. Era el mismo olor.
Soy de esas personas que compro libros viejos o nuevos con la misma pasión.Pero reconosco que cuando llega a mis manos un libro que fue de otra persona, adora encontrar sus huellas. Alguna anotación, algun comentario, una cita de otro libro. La dedicatoria de un párrafo a otra persona.
Lo mejor es imaginar como sérían las manos de la persona que antes lo tuvo. Pensar si sintió lo mismo que yo al deslizar mis ojos por las líneas.
Es como si de repente somos muchos en el sillón. El que escribió, el que se enamoró por primera vez de la historia y la que ahora reanda caminos. Es un diálogo a varias voces, que me arrulla y reconforta.

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