Parece que ésta temporada me he instalado en casa de los Auster-Hustvedt. Así como quien dice, fui a lo de Maruxa y Paco.
Lo digo porque llevo unas semanas entre «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres», esas 500 páginas de ensayos sobre feminismo, arte y ciencia de Siri Hustvedt y
4 3 2 1 esa bestia de 900 páginas de su marido Paul Auster, donde la identidad puede ser una pura casualidad.
¿Y que quieren que les diga?, que me molaría ser mosquito (un ratito) para escuchar las conversaciones de éstos dos en el sofá del salón, después de un día de curre.
Siempre leo cuatro o cinco libros a la vez, por eso de salir a respirar otros aires, y siempre me pasa que alguno me condiciona la mirada y durante días veo el mundo desde ese prisma.
En éste caso, son dos, porque hasta la conversación más simple, se me subtitula por uno o por el otro.
Delante de un buen plato de ñoquis me dan ganas de soltar un «Lo mental no ronda lo físico como un fantasma cartesiano» al mejor estilo Hustvedt y frente a la planilla de actividades del gimnasio un «Por mucho que me hubiera gustado incorporarme al movimiento, descubrí que no tenía temperamento para actividades de grupo» de Paul Auster.
Dilemas de septiembre ya avanzado sin haber empezado la dieta y las clases de Pilates.
Igual me compensa empezar en octubre que hoy tengo que utilizar el dulce de membrillo que queda y hacer una pastaflora para acompañar la lectura de tan maravillosos autores.
Cuestión de prioridades.