Dicen que todos estamos a seis grados de cualquier persona en el mundo. Los exilios y las emigraciones en busca de un futuro acortan aun más esos saltos.
Cuando descubrí que muchos de mis maestros y maestras de teatro habían sido alumnos de Margarita Xirgú, quedé en silencio varios días.
¿Cómo llevar una carga tan preciada?
Ahí estaba yo, la negrita del barrio ante su primer texto “clásico”, La zapatera prodigiosa.
La sombra luminosa de Federico García Lorca acompañaba mis pasos y yo no podía parar de temblar. Creí morir, hasta que se abrió el telón.
Treinta años han pasado y cerrando los ojos vivo otra vez la mutación maravillosa.
Mi piel, mi voz, mis manos viviendo otra vida, narrando desde otro cuerpo un relato tan universal que puede suceder en cualquier tiempo, en cualquier sitio.
Que alza su voz y defiende, acusa, llora, ríe…
He cometido el error de no contar cuantas funciones llevo, cientos, en centenas de teatros, inmensos y diminutos, llenos y con siete personas.
Pese al tiempo, sigo viviendo gracias a ese dolor de tripas que me quita el sueño y me embriaga a partes iguales. Y no tiene nada que ver con el aplauso, ni con las marquesinas, tiene más que ver con autobuses, trenes y furgonetas donde te bailotea la cabeza mientras intentas dormir. Con pensiones y tabernas. Con llegar a un pueblo y caminar por sus calles como quien abre una naranja y entierra su cara en ella. Saciando una sed eterna, mientras tu gesto y tu voz llevan de viaje ojos ajenos que para siempre serán algo tuyo.
Tiene que ver con aquellos cómicos y cómicas que soñaron cambiarlo todo.
Con cambiarlo todo.
Artículo publicado originalmente en gallego en Nós Diario

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