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A Comella que cree en historias imposibles

Cuando llueve, ni los fantasmas salen a la calle.
Por lo menos los de mi barrio. Tal vez estos sean de una especie débil y pusilánime, que a la primera señal de gotas celestiales se esconden por los vericuetos de los muros y los canalones. No lo se. Tal vez simplemente han hecho un voto de noservistos bajo ningún concepto, o tienen catarro tempranero. Algo debe sucederles, porque soy de las que me niego a negar (redundancia válida) su existencia.
Un barrio que tiene un manzano rabioso, una historia de amor por trimestre, gatos de cuatro colores y balcones donde asoman viejas de deshabillé negro con puntillas y cigarros con boquilla, chinos que parecen el mismo pero no los son, zíngaros rumanos sin rasgo de romanticismo, una galería comercial que no vende nada mas que conversación, un taller de serigrafía, un instalador de suelos radiantes y un bar, cerrado a cal y canto, tiene que tener fantasmas.
No crean que no hay bares abiertos, aquí se cumple la regla española de cada cinco casas un bar., si es por tener, hasta Salón de té regentado por dos hermanas que no quisieron estudiar ni peluquería ni corte y confección, tenemos.
Pero asi como está esta regla no escrita, pero cumplida a rajatabla, creo yo, que hay otra que dice que cada cinco casas cerradas, hay un bar…cerrado.
Vivo tras la Estación de trenes,y eso es algo que se puede constatar con los cinco sentidos, así que no entiendo como frente a tal evidencia el dueño, allá por el año catapún, le puso el ubicuo nombre de “Tras da Estación do tren”.
La calle es estrecha y poco iluminada, si se viene del centro, a la derecha quedan las casas y a la izquierda las vías del tren ocultas por un alto muro de piedra a su vez cubierto por hinojos que perfuman la noche,laureles,manzanos , membrillos y un impertérrito toxo.
Cada dos casas, la calle se ensancha, conformando aparcamientos para tres o cuatro coches, que parecen jugar a las damas y moverse solos de sitio.
No suelo encontrar a nadie caminando por allí, y si lo hay es para correr a su coche, mirar con aprensión a los lados y salir pitando. De cuando en vez esta detrás del contenedor (ese que cada mañana esta en un sitio distinto de la calle) el hijo de la del tercero del número 34 fumándose un porro. El también cree en fantasmas. Por eso nos sonreímos, no por otra cosa.
El edificio nuevo que han construido en el barrio y que ha traído decenas de vecinos nuevos, yo incluida, ha puesto en movimiento el viejo engranaje del bar abandonado.
Mientras sucedía la segunda reunión de comunidad, mientras se debatía de persianas, pasillos y zonas comunes, la puerta del bar se entreabrió apenas, no porque los fantasmas no puedan hacer uso de su condición atraviesaparedes, sino por nostalgia de recordar lo que se siente al ocupar un espacio.
Un maquinista de tren, el dueño del primer puesto de periódicos y revistas de actualidad de la estación, un barquillero, la Eli, la alegría de las vías vendiendo su lotería y mezquinando su amor, un viajero sin nombre que se bajó un día con la mirada extraviada y se quedó para siempre en la mesa del rincón, doña Berta que bajaba a tomar su anís a las cinco de la tarde y el dueño, Moncho, ese eterno caminante que se conocía de memoria la 9 de julio de Buenos Aires de tanto zapato que se había lustrado. Decía siempre que el había viajado mucho, gracias a los zapatos, creía que cuando los limpiaba se quedaban en sus cepillos y paños, los recuerdos de los sitios caminados y todo el mundo sabe que los recuerdo que uno elige, son de uno para siempre. Quien se lo iba a decir a él, nacido en Boi Morto, que hubiera andado tanto, eso sin contar los viajes de los que después de bajar del tren venían por el bar para reponer energías y descargar las maletas de tanta pena y trajín. No había mas que mirar el suelo, allí estaban las huellas de miles de caminos transitados.
-Mira Eli (mírame como nunca me quieres mirar y yo sueño),desde esta parte del mostrador arranca un camino a Roma, cada baldosa que pisas es una fuente una iglesia un capuchino, de esta esquina hay un trozo de mar hacía el Japón, lo dejó un marinero atunero que cogió el tren a Barcelona, allí va el camino de Anabella que arrastró su maleta de cartón para La Habana y allí están las marcas de sus tacones de charol cuando volvió hecha una señora. Hay caminos a Londres, Caracas, Cruña, Ponferrada, hasta de La Bañeza.
-Ya-dijo doña Berta-Moncho, a lo que vinimos, que hace frío y seguro que no hay nada para beber.
Una botella se abrió y la atmósfera se perfumó de esperas, se abrieron otras y alambiques, robles y cristales comenzaron a bailar por las mesas.
Alguien puso el disco de habaneras.
-Esta gente-prosiguió doña Berta- trae muebles muy nuevos y poca historia, ya se que muchos de ellos se la escribirán a si mismos, pero podemos abrirles el camino.
Todos asintieron, con el respeto que generaban los años, pero con el escepticismo que regalan los tiempos.
-Alguien debe de saber que estuvimos aquí –prosiguió luego de un beso anisado-,que las baldosas de la esquina están tan suaves porque antes pasamos nosotros…
-Del pasadizo para llegar a tiempo a la estación para coger el tren de la cuatro –dijo el kioskero-
…pasa cuatro y veinte-corrigió otro-
Da igual, ¿quién no corre para ese tren con la comida en la boca y la siesta pesando los párpados?
El viajero del rincón carraspeó, todos miraron.
-También alguien debe darle un final a una historia vieja.
Las interrogantes dibujaron un garabato en el aire enrarecido del bar.
-¿Conocéis la casa de los balcones verdes? La de tres plantas que es una casa sola pero que se alquila por piezas? Allí debía entregar una carta, hace cuarenta años. Y nunca lo hice.
Las sillas se arrastraron al rincón y formaron un corro protector de confidencias.
-Fue en una taberna de México, demasiado tequila, una mujer caprichosa que para conseguir lo que quería me daba celos con cualquiera. Un cualquiera que celebraba que al día siguiente cogía el barco para buscar a su amada con el dinero ahorrado y la estabilidad conseguida a base de noches enteras mirando la estrella donde ella fumando ( como en el tango) esperaba. Una faca, sacada cuando tenía que haber brotado la prudencia, un charco de sangre y una carta que él quería dejar en un portal, para que cuando ella fuera a cogerla de manos del cartero, el cartero fuera reconocido.
Cuando llegué a Compostela, yo que creía huir, llegué al sitio donde cumplí mi condena. Ella estaba por coger el tren que yo dejaba, me llamó la atención su mirar. Me miró como pidiendo disculpas y murmuró:-Mejor me quedo, estoy esperando una carta de México y no vaya a ser cosa que llegue y yo no esté, con lo mal que va el correo!-
La seguí y me quedé en esta ventana del bar, solo para ver como se sigue asomando cada mediodía cuando escucha las ruedecillas del carro del cartero. Nunca cogí el valor para cruzar y entregarle lo que espera. Ahora alguien debería hacerlo por mi.
Las ideas sin reproche bailaron en el salón. Por unanimidad se votó por la de Eli.
A partir de ese día todas las tardes de este invierno, a las ocho, vendrían a mover sillas y mesas, dejando la puerta entreabierta, alguien entraría y vería sobre la mesa del rincón la carta. Así sería entregada.

Faltan cinco minutos para las ocho, estoy llegando a casa, pero retrazo mis pasos para ver si oigo hoy, el movimiento que escuche ayer y el lunes en el bar “Tras da estación do tren”.
Tal vez son nuevos dueños, tal vez por fin a los fantasmas de mi barrio se les haya pasado el catarro, o hayan decidido romper el voto de noservistos, o han perdido el miedo a los humanos o se han enterado que hay alguien que cree en su existencia

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