Teixo dos Tenreiro, un árbol centenario en peligro

Posted by Sole on Jul 13, 2018 in Diario, Galicia |

Desde el primer año que fui a contar a la Biblioteca de Ferrol, al llegar al puente sobre el río Covés, en Pontedeume, desviaba y desvío la vista hacia una casa que año a año cubre un poco más la naturaleza.
Un día decidimos con Gago acercarnos ya que buscando información descubrimos que se escondía una historia muy rica.
Cosas de los tiempos, los deseos se juntaron con la posibilidad, hace cosa de un mes.
Era un día nublado cuando llegamos al lado de un árbol que de hablar, en primer lugar pediría ayuda y en segundo lugar contaría durante horas, anécdotas maravillosas.
Se trata de un tejo, un teixo que tiene entre 300 y 500 años es un ejemplar femenino .


Está “enjaulado” para ser protegido, ya que corre serio peligro de morir. Las obras acometidas en su entorno, carreteras etc, le han afectado mucho.
Y así herido, sostiene o se apoya en una escalera de caracol, oxidada y cubierta por el verdín del tiempo y de los musgos. Mantiene los aros y balcones que muy a la moda del siglo XIX se construían en árboles de ésta envergadura.
Subir por ellos era un viaje por el interior de una frondosidad oscura y fresca, para asomar en lo alto para recrear la vista.
Pero éste árbol fue testigo de momentos históricos, Manuel Azaña estuvo allí, Azorín, Valle Inclán, el premio nóbel Echegaray, aparece en una obra de Emilia pardo Bazán y vivió un Consejo de Ministros de la República.
La familia dueña de la casa y del jardín, los Tenreiro, fue por éstas razones , perseguida durante el franquismo, cayendo en desgracia y haciendo que el tiempo fuera una piqueta cruel para un entorno único.


Paseamos por un jardín que crece sin cortapisas. Las raíces arrancan y rasgan estanques y fuentes. Las camelias crean alfombras rosas , blancas… Un festival de verdes que esconden escalones, rincones…
Cada trozo de baldosas abandonada, de maderas o de enseres devorados por la floresta encierran pequeñas historias.
Ahora la casa está tapiada, para evitar que los vándalos la destrocen aun más.

Pero no dejo de imaginar, debajo de la araucaria gigantesca, como sonaba ésta casa, lo que se leía, la música que se escuchaba, los debates.
Salimos y me acerco al teixo para decirle bajito que siga latiendo, que vuelva…
Ojalá me escuche

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