Tarta de zanahoria

Posted by Sole on Abr 6, 2015 in Epicúrea |


Fuimos hace unos días a conocer un nuevo restaurante en Compostela y de postre tomamos una tarta de zanahoria que me hizo acordar inevitablemente a mi tía Celina.
Mi tía Celina era una cocinera excepcional, ir a su casa en domingo era sinónimo de comer de maravillas. Y eso que su casa, la que recuerdo de mi infancia, era pequeña, un monoambiente en una callejuela de la Zona Vieja de Montevideo, una de aquellas casas que durante decenas de años, albergaron a los inmigrantes que llegaban de toda Europa y que transformaron las grandes casonas de otrora en “conventillos”, en laberintos de cuartos donde convivían lenguas diversas.

Recuerdo subir las escaleras intentando descrubrir entre los olores de caldo que salía de los cuartos de los gallegos, de tuco y ñoquis que venía de lado italiano, de asaditos uruguayos que se hacían en improvisadas parrillas en los patios de luces, el olor de los platos de mi tía.

Sus bizcochuelos, inundaban de limón el aire, sus raviolis de albahaca, sus niños envueltos de bacon y su tarta de zanahoria, teñia de naranja el día.

Era una de mis favoritas, después de la marmolada, pero era la que siempre le pedía mi tío Gladys.
Mi tío, tenía nombre de mujer y nunca nadie nos lo supo explicar, cosas de los tiempos en que se nombraba mirando los almanaques del Banco de Seguros.
Supe de mayor, que no era el marido verdadero de mi tía, el padre de su hija Mercedes,cosas de cuando no había divorcio y el corazón se liaba la manta, pero sin embargo, muchos años después, cuando ya mi tía tenía nuevo marido y casa grande por Punta Gorda, ella se sonrojaba de solo recordar sus bromas y coqueteos infantiles.

Ahora ya adulta, decodifico imágenes y entiendo.

Mi tía no era mi tía, pero fue para mi madre, más hermana que sus hermanas.
En tiempos en que una hija de familia numerosa de campesinos, llegaba a la capital, con una maleta pequeña, su ropa de domingo y la recomendación de hacer caso a la patrona, mi madre se encontró en una casa enorme, donde tenía que jugar y cuidar a los niños de la casa, y el campo verde de sus días, se volvía edificios altos.
La cocinera la encontró una noche en una escalera, lloriqueando, la sentó delante de una taza de leche y un trozo de bizcochuelo de doce huevos y con sus ojos pardos, le dijo que no valía de nada llorar, que se tenía que endurecer o la comerían viva.
A partir de ahí, cada tarde libre la pasaron juntas, mirando los escaparates de Tienda Soler y tomando algún refresco en las Ramblas.
Se contaron de miedos, amores y abandonos.
Se unieron con el lazo mas grave que hay, el de la melancolía que hay que disimular.
Y así fueron pasando los años y cuando llegamos los hijos, tuvimos en Celina a la tía perfecta.
Siempre vestida de colores, con pañuelos de seda que le regalaba la patrona, y con un bolso del que siempre asomaban tesoros.
Mi tía tenía un regazo ancho, para perderse en él.
Reía, reía mucho.
Y cuando mi tío Gladys hacía sus payasadas aun más.

El era un buscavidas, mientras mi madre se enamoraba de un militar y armaba un hogar, mi tía Celina se cruzaba con un hombre cuya gran habilidad era birlar de los bares todas las cucharillas largas de los cócteles, hacer gallinitas de papel con tubos de papel higiénico y hacerlas cacarear con un cordel engrasado, o jugar todas las semanas al 568 a la quiniela.
De cuando en vez desaparecía, como desaparecían algunas pulseras de mi tía y volvían misteriosamente, cuando él mas delgado y pálido volvía junto a ella.
Cuando le preguntábamos desde nuestra niñez por el sitio donde había estado, nos decía, a la sombra meninas, a la sombra.*

Recuerdo como entraba a la casa-cuarto, cuando ya estábamos alrededor de la mesa. Mi padre que le regañaba, avisándole que por mas militar que el fuera no iba a poder salvarle siempre.
El decía que solo se había dado una vuelta por la Feria de Tristán Narvaja, corría a achuchar a mi tía que con fingido enojo, se dejaba pellizcar y apretujar y nos entregaba cadenitas de oro, billetes o porcelanas, que mi padre rápidamente nos quitaba y entregaba a Gladys diciéndole palabras incomprensibles para nosotras.
Él reía subido a sus zapatos de tacón y sus pantalones de campana y se refugiaba en mi tía, fue la primera pareja que vi besarse, algo que para el carácter de mi madre era una impudicia, delante de las niñas.
Durante la comida, no parábamos de reír.
Y luego de apartar los platos y bandejas, llegaba la tarta, la que siempre pedía mi tío, la de zanahoria.
-Ay Celina, cuando te lo pague! Exclamaba,mientras mi madre se santiguaba y mi tía soltaba una carcajada que se iba por el balcón, calle abajo, río abajo, hacía la tarde que ya doraba el horizonte.

Ahora, mientras rallo zanahoria y espolvoreo canela, muero de envidia, pensando en las siestas de agradecimiento que recibió mi tía.
Maravilla de final para una tarta dorada como aquel sol que se perdía por el Río de la Plata.

Me inspiré en la receta de David de Jorge, aunque con cambios de domingo y lo que había en la despensa de casa.

300 g de aceite de girasol

300 g de azúcar

4 huevos

250 g de harina tamizada

2 cucharaditas de canela en polvo

1 cucharadita de clavo + jengibre en polvo + nuez moscada

2 cucharaditas de levadura en polvo

1 cucharaditas de bicarbonato

360 g de zanahoria cruda rallada

Se mezclan por un lado los ingredientes secos y se deja reposar.
El clavo de olor lo trituré con un mortero, porque me parecía mas agradable a la hora de comer.

Los ingredientes húmedos se baten muy bien, hasta que la crema quede amarillo pálido, muy cremosa.
Se agregan los ingredientes secos, se incorpora la zanahoria rallada y se vuelca en un molde de 21 cm enmantecado y enharinado.
Se coloca en horno a 180º, en la receta de Robin Foof dice 70 m, a mi me llevó 45, supongo que es cosa de hornos.
En éste caso nada mejor que el viejo sistema del cuchillo que sale limpio :)

Para decorar
400 ml de nata apta para montar
100g de azúcar glass
1 cucharadita de azúcar vainillada.
Se monta la nata, y cuando el bizcocho está frío se corta al medio se rellena y con lo que sobra se decora.

Y a disfrutar!

* En lenguaje de barrio, estar a la sombra era sinónimo de ir preso.

1 Comment

Cecilia
Abr 22, 2015 at 8:46 am

Dicen que las cosas llegan cuando tienen que llegar.Sé que es así.
Si supieras, Soledad, todo lo que me hiciste vivir con tu relato…
Ya te lo contaré, cuando nos conozcamos…si quieres.
Un beso!
(Me tomo el 151 desde lo de tu tía para volver a mi barrio)


 

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