Entroido Ribeirao- Santiago de Arriba-

Posted by Sole on Feb 18, 2017 in Diario, Galicia |

Desde siempre me ha enamorado el carnaval, en mi tierra, de candombes y murgas y aquí en Galicia en su abanico inmenso de mascaradas.
Cada región tiene sus trajes típicos, sus celebraciones, códigos y tradiciones.
Tal vez los más famosos sean los Cigarrones de Verín,las Pantallas de Xinzo de Limia o los Xenerais do Ulla, pero hay verdaderas joyas a todo lo ancho y largo del país.

Desde hace tiempo quería ir a conocer los Volantes de Santiago de Arriba y éste año gracias al aviso de Rafa Quintía, pudo ser.
Por cosas de la vida tenemos muchos lazos de afinidad con ésta aldea de Chantada, casi nos compramos una casita allí, he fotografiado para los calendarios del Románico de O Sorriso la Iglesia de Chantada, de Camporramiro, por no hablar de sus bellísimos cañones y laderas llenas de viñedos.

El Entroido Ribeirao, tiene un calendario muy extenso y con un significado y accionar distinto cada día.
Nosotros fuimos al Domingo Lambedoiro, también llamado fareleiro o borralleiro, lo que explica que las máscaras se revuelquen contra el suelo, el barro, la hierba y todo lo que pueda manchar las pieles de los trajes. Me contaba un vecino que incluso algunos años se embadurnan unos a otros con hormigas rociadas con vinagre.

Dentro de éste carnaval ancestral, hay una serie de máscaras, cada una con su significado.

Los Maragatos van vestido con pieles, éste personaje tiene la función de proteger a su señor, que está representado por los Volantes. En la foto un “Mragato sintético” tal y como definió su portadora.

A su vez el camino es abierto por el Peliqueiro, un personaje que suele vestir ropa vieja y muchas pieles superpuestas, atadas, con alguna cabeza o cuernos configurando unas maravillosas máscaras teriantrópicas, algunas con reminiscencias a lobo, carnero, jabalí etc.
Éste personaje porta una tira de cuero o cinturón, que no duda en usar contra todo aquel que pueda interferir en el paso de la mascarada

El volante viene detrás haciendo sonar sus “campanas”, que no hay que confundir con las chocas o cencerros de los cigarrones. Estas campanas, van en doble línea, sobre un cinturón de cuero que se ata a la cintura del volante. Unas tienen un sonido grave, “machos” y otras agudo, “hembras”, generando a lo largo de toda la jornada una serie de contrapuntos sonoros fantásticos. Los tonos son vivos, generalmente amarillos y rojos, hay quien dice que es por la bandera española, pero otros porque eran las telas más baratas, lo cierto es que ahora también se ven muchos de blanco y azul, seguramente pensando en la bandera gallega.
En la cabeza llevan pañuelos coloridos, grandes que envuelven, cuello y hombros, llamados portugueses, aunque en otro tiempo eran más típicos los que llegaban de altamar y que se conocían por “mariñeiros” de colores oscuros, tristes.

Por lo que pude entender los volantes a su vez se dividen según lo que portan en la cabeza, si es una máscara, pasan a ser Mecos, una suerte de actor mudo que en alguno de los domingos de Entroido representarán una obra de teatro, sin palabras, pero con una línea social muy clara, hablando de temas que preocupan a la aldea. Este año sin ir más lejos la pantomima se llamaba “Sin malleira non hai colleita”. Representando la problemática de una aldea en la que solo viven una treintena de personas y que necesita con urgencia un relevo generacional para poder continuar con las tareas del campo.

Pero si el volante lleva un “Pucho” se vuelve algo impresionante (más aún). Los puchos son una especie de barca inversa, de mimbre, recubierta de flores, cintas anchas llamadas colonias, muñecas…
El Pucho baila con ese artilugio semejando una estela de colores.

Todos los personajes juntos, recorren las leiras, las huertas, para promover las buenas cosechas pero también recordando una época en que el franquismo prohibió los carnavales. Y el entroido era casi un secreto entre casas.

Hoy en día hay una asociación de vecinos y amigos que intentan mantener viva la tradición y como buenos gallegos, la comienzan comiendo juntos, para distribuir los personajes y sorteando un cerdo joven que se alimentará y comerá en el siguiente entroido.

Los peliqueiros y volantes ruedan en un campo de grelos, una vecina no duda en correrlos con una berza que arranca, pero ellos no se cortan y le devuelven los golpes. Todo el mundo ríe.
En el campo de la fiesta, rodeados de nubes bajas, los volantes bailan.
Hasta los niños pequeños se colocan en rueda y con un bastón giran en corro, para luego correr en zig zag haciendo sonar sus campanas.

De fondo los bombos, todas las máscaras giran con frenesí, es hipnótico.

Me resulta fascinante ver toda ésta coreografía ancestral, este ritual, que mezcla la gastronomía, la música, el teatro, las necesidades de buenas cosechas, de conjurar los malos espíritus, de liberar del cuerpo los vapores extraños, para reír, volverse otro, o el otro en que nos volvemos cuando nos cubrimos con una máscara, cuando nos descubrimos.

Viva o Entroido!

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