De como un libro que cuesta entregar, te puede hacer viajar a un calado francés o a un patio de Montevideo

Posted by Sole on Jun 13, 2010 in Uncategorized |


Ilustración de Tara Hardy

Decía mi madre que mi padre tenía un pié como para morir “parao”, yo solo sabía que eran perfectos para bailar.
Siendo ella la negativa absoluta a sus intenciones de girar por la sala, la agraciada de turno era yo.
Él solía llegar los domingos a la mañana de su paseo por “la feria” y ponía en su tocadiscos alguna de aquellas joyas negras, brillantes, con redondeles rojos o naranjas en el centro. Luego las notas se arrastraban por los rincones. Su risa blanca, brillaba en su oscura cara, al son de un baiao
Mi madre se ofendía y esquivaba la cintura, mientras un paño blanco le secaba las manos.
Susurraba, algo de “niñas” y desaparecía dejándole en el medio de la sala, solo y con el cuerpo listo para el movimiento. En el borde de la alfombra, mis ansias de ser la elegida me empinaban en las puntas de los zapatos, casi un palmo.
Ya me había visto, claro, pero jugueteaba con mi necesidad casi dolorosa de girar al son de la música que ya hacía florecer las cortinas de la sala que flotaban hacia el patio.
Eran tales mis ganas que no podía verbalizar un yobailocontigopapá, pero la agonía se acababa si sonaba Solitude.
Sus manos se perdían en los lazos de mi vestido de domingo y mis zapatitos de charol blanco se alojaban en sus negros zapatos y allí le garabateábamos a la sala los gorjeos de la diva. Subida a sus pies, siguiendo su danzar, yo podía volar lejos…
…tan lejos como una calle de Guadalajara.

Cuando llueve, la gente corre. Nunca lo he entendido. Al fin y el cabo te mojas igual y por encima las gotas golpean mas fuerte.
Pero bajo un paraguas grande, se puede caminar pausado. Demorando el placer de las sensaciones vividas en un par de días.
Tantos abrazos de amigos (uno en particular desde el retorno) tantas risas, recuerdos, historias, sueños, bromas. Horas robadas al sueño. Eso es ir al maratón.
Poner en modo resistencia al cansancio.
No es dificil si te rodean amigos, si las palabras tejen un manto que acuna y tibieza en una chaqueta que te prestan para pasar la madrugada.
Si la cerveza, deja paso a los sandwiches, las fresas, un albaricoque que huele a patio de infancia.
Me gusta caminar lento en días de prisas, más, cuando vas a comprar libros.
Bajo las galerías, en el jardín del palacio, se han instalados los “Cuensultorios”, la tetería, la venta ambulante de poesía y los libreros.
Desde el primer día la mirada de José me había atrapado. Te miraba como analizando, no, que libro te querías comprar, sino cual era el que necesitabas.
Librero entendido, de los que pocos quedan. De los que “venden” un viaje en cada página.
Frente a mis “ya lo tengo”, “lo conosco”,”me encanta” su sonrisa se ampliaba.
Estaba a prueba su capacidad de seducir a través de páginas impresas por otros.
Pero él, guardaba la joya de la corona.
Tal vez visualizó que cuando camino lento, es porque voy danzando desde siempre sobre los pies de un hombre grande. Tal vez vió que tenía día de mariposas azules en el estómago, porque desde debajo de cajas y bolsas, lo sacó.
Hojas color papel estraza, el flash del recuerdo de una librería de Argentina, y esa sensación de anticipo en la mano, esa urgencia de damelo ya!.
No hizo falta mirar mucho, era para mi. Nació para mi ese libro.
Pero él sentía lo mismo, no tuvo reparos en decir que era su favorito.
Y mientras me mostraba otros, sus dedos se cerraban sobre el lomo, sin entregármelo, y yo que en los momentos que mas deseo algo, no se decirlo con palabras, me vi otra vez en un borde de alfombra, o mesa de libros, a un palmo del suelo, elevada por el ansia.
Sus dedos morenos, me llevaron a un calado francés.
Amboise, se leía a la entrada de la pequeña ciudad. El río serpenteaba al lado de los carteles que anunciaban la presencia de los productores de vino de la zona en los túneles del Castillo. Entramos con la previsión escasa de los amantes de las sopresas. Con las copas en la mano fuimos paladeando la región.
Frente a un puesto, quedamos enganchados por la mirada de un hombre viejo de años y tareas duras. Sus manos limpias pero con las huellas oscuras de los cortes y rozaduras de la herramientas, acariciaban su vino como si fuera oro en botella (y lo era). Pese a que ya habíamos pagado, no las entregaba . Su voz inquieta inquiría sobre la cantidad de km por las que andarían, su posición, a la temperatura que las tendríamos.
Cual madre entregando su hijo al primer campamento de verano, con la mezcla de orgullo del “se va lejos” y la congoja del “como me lo tratarán” deslizó por última vez sus dedos por el cuello de sus Les Scilles du Pin. Aun hoy recuerdo la mirada de Guy Ruchard.
Era la misma de José Durán, el librero. Tal vez la misma del que bajo la lluvia se despide en la madrugada, de algo anhelado que hay que dejar marchar.

Ya en el tren, camino al aeropuerto. Pasee lento por las páginas, y la historia, se me desplegó por completo.
La historia de un hombre que andaba por la vida con una nube de lluvia sobre la cabeza. Un piano en las manos. Un menú incompleto, una guerra, una memoria tan llena de dolores que se extravía y que solo se encuentra en la música, la única huella de identidad que no pierde.
La única que le muestra el camino cierto. La manera de recordar hasta lo que no has vivido.
La receta del dolor sigue siendo simple, vino, música y un buen libro.

5 Comments

Wilson
Jun 14, 2010 at 2:00 pm

Excelente texto!!Me dejó pensando en tántas cosas buenas.Para mí eso es lo que debe despertar la literatura.Felicidades Soledad!!Cuando te ponés a escribir “la rompés” como decimos por acá.Wilson


 
el pingue
Jun 14, 2010 at 4:49 pm

¡BUENÍSIMO SOLE! :)


 
Bule Bule
Jul 13, 2010 at 5:20 pm

Huau!!!
Me ha encantado.

PD: Gracias a ti Soledad.


 
Sole
Jul 13, 2010 at 6:32 pm

A mi me ha encantado contarlo. Gracias


 

[...] he hablado aquí, de mi padre y de como influyó en mis gustos musicales, esa costumbre suya, de poner el tocadiscos [...]


 

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