Camanzo- Primera parte

Posted by Sole on Jun 25, 2017 in Diario |

Hace diez años nos abrió la puerta de San Salvador de Camanzo, Flora, la hermana del cura. Hace unos días en una pequeña excursión con mis alumnos de fotografía del Ateneo de Santiago, fue Manolo.
En medio de estos diez años, la historia y el viaje de unos santos y de una mujer que parece ser, recupera su vida.
“Estaba decidido, uno de los hijos sería sacerdote y una de las hijas le acompañaría siempre.
Así vino Flora a dar a Santiago de Compostela a un colegio de monjas, para estar cerca del hermano, pero ella también era la que se encargaba de ir a la aldea y traer “os cartos” para pagar el seminario y algo de comida. Así lo hacía incluso en la Guerra Civil, cuando el tren era detenido “por uns e por outros” y les quitaban a los pasajeros todo lo que llevaban, pese a que algunos desesperados trataban de cubrir sus pertenencias bajo viejos abrigos. Es que nada había, “pasóuse moita fame”, en su casa,”que era forte” descolgaban las cortinas, teñían las telas y se hacía la ropa, pero en otras…
Por doce años ella esperó a que su hermano terminara el seminario y de allí marchó ella con él , al primer destino, una aldea de Lugo.
Su deber era cocinarle y prepararle la vida que el pobre era “moi cativiño”, entró de niño y niño salió y el mundo era grande. Aunque te mandaran a una aldea, que los curas nuevos no tienen buen acomodo. Por eso hoy en día no llegan los cambios, no hay hermanas que se vayan tras un hermano ni hombre que quiera estar preso. Por que eso es lo que esto es, un poco preso de estar aquí, nada de fiestas ni paseos “polo mundo diante”.
“¿Eu?”, responde con una pregunta a la pregunta de que hacía ella. Donde él ha ido, ha ido ella ,toda la vida. No ve razón (o no la quiere decir) para no haber hecho lo contrario.
Camina agil, su voz es clara y fuerte, de hecho cuando desde el otro lado del portal llamamos intentando visitar el Convento Románico de San Salvador de Camanzo, nos asustó un poco.
Pero cuando entras al patio de este convento del siglo X y ves el parral mas grande del mundo, con una planta madre de trescientos años “a mais vella de Galicia”, quedas sin aliento. Entre pollos y gallinas que picotean las dulces uvas que caen, ves al fondo las arcadas, la puerta con restos de policromía que te conduce a la iglesia, pilas bautismales, un sarcófago que sirve de bebedero y restos de confesionarios.Una escalera te lleva a la advertencia de males terribles si vas allí con mala intención.
Flora cuenta como estaba esto hace diez años y como con mucho esfuerzo y “orden de Palacio” han ido poniendo las cosas en su sitio. Habla de las monjas que allí había como si aún estuvieran o las hubiera conocido,”es que todo o que fixeron e facían escribíanllo e está alí, que elas eran de moito mando, non gustaban de rebumbios, pero eran moi súas, si ho, que decían amen y estaban as tropas de Madrid aquí, que tiñan cárcere e os que non tiñan a súa gracia, alí quedaban”
Habla del “amo” el conde de Deza, que mandó construir todo esto y habla como si no hubieran pasado 1000 años.
Siento en esos momentos que toda la tradición oral de esta tierra del río Ulla, se concentra en las palabras que esta mujer dice, porque es así, la tradición se basa en la repetición por creencias de una historia o anécdota.
Ella misma reconoce que su vida “tiene una novela”.
Se sabe la historia de cada piedra, nos hace viajar a otras épocas mientras sus manos fuertes abren la iglesia, se ríe de nuestro asombro ante las pinturas del altar, me deja subir al campanario “sin tocar a campá” y sigue hablando de obispos, condes, señores, monjas, muertos célebres enterrados en la iglesia, bodas, bautizos, “cabos de ano”, de los que vinieron a hacer la restauración, que “traballaron ben, ainda que as xanelas poderian ter outra cousa que a mármore esa, que din é a cousa correta, pero para min sería mais bonito una cristalera coma de Santiago”.
Nos insta a coger uvas, nos lleva al lagar de piedra donde por muchisimos años se ha hecho y aún se hace el vino. Tiemblo al verla trepar sus 70 y pico de años encima del muro de piedra y enseñarnos desde allí arriba, las botas para pisar la uva, el madero de la prensa, las barricas donde meten el vino, que ella ya bebe poco, porque ya no trabaja como antes y se precisa menos y su hermano tiene que conducir, así que tampoco “pode darlle moito ao viño”
Envueltos en una gabardina hay dos santos que nos dejan pasmados. Les habla como a meninos, le decimos que los cuide bien.
Nos lleva por la huerta que ya nadie quieres sembrar,mientras nos habla de las cinco misas que hay que dar el domingo Piloño,Gres, Añobre, Brandariz y Camanzo por supuesto,que antes eran en latin y que ella (que hace de sacristán del hermano) contestaba en latin y que ahora son en castellano y ella contesta en castellano, aún cuando Flora borda un gallego precioso de jeadas,vocales altas y eses musicales.

Se viene la hora de tocar la campana, el sol deja un dorado precioso en la fachada, lo último que veo es su mano tirando de la cadena, mientras por la carretera llega el coche del cura, de este hombre que ha signado la vida de esta mujer. Aunque la veo feliz, no puedo evitar preguntarme si su vida no hubiera estado marcada por seguir a su hermano, qué hubiera sido de ella, seguramente no muy distinta, atendiendo a otro hombre, tal vez cuidando hijos y nietos, pero tal vez no, tal vez hasta hubiera escrito ella misma “su novela”. Extraño lugar este convento, que durante siglos guardó las almas y los cuerpos (?) de centenas de monjas y que hoy es resguardado por otra mujer, estas extrañas cadenas de sucesos que encadenan las historias.”
Esto lo escribí el 24 de octubre del 2007. Mañana os cuento de Flora hoy y de los santos

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