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Un ramito

Publicado por Sole el 29 Sep 2011 en Uncategorized

De pequeña tuve un par de canciones, o tres, que me torturaron. En diferente grado, cuando sonaban en la radio, se quedaban en mi cabeza por días, generando una serie de sensaciones, a cual mas rara.
Diferentes, todas.
Una era aquella de Doménico Modugno, Llora el teléfono, me generaba una angustia tal, aun hoy, que hasta llegaba a llorar. Y en homenaje durante días decía las “eres” como el italiano
Otra era una de Jeanette,“Por que te vas”, que una vecina maestra, a la que el novio había dejado unos días antes de la boda, cantaba mientras regaba dalias. Esa vocesita extraña se me metía en los oídos y allá que me iba todo el día con todaslaspromesasdemiamorseirancontigooooo. Y ni los Parchis, ni Menudo, eran capaces de quitarme el tarareo.
Pero de todas la que se llevaba la palma, era una que no llegaba a comprender muy bien, Un ramito de violetas.
La letra, se fue aclarando en mi mente a medida que crecía, pero al principio solo era un maremagnun de sensaciones.
Se ve que siempre fui muy visceral, porque anda que no tenía yo cosas que hacer en aquellos 8 o 10 años, para andar amargándome la vida por amores de canciones.
Llegué a marcar el 9 de noviembre en un almanaque de la barraca Litoral. A recoger violetas por el borde del camino y a suspirar por el hombre que se tomaba el trabajo de estar durante tanto rato sumando esas flores diminutas, para hacer un ramito minúsculo.
Durante los minutos que duraba la canción, el marido era la bestia del cuento que poco a poco se volvía guapo. Y así me lo imaginaba.
Ignorante de gramáticas del mundo cantaba a gritos pelados ese “la mandaba versos en primavera”. Alguno estaría orgulloso de que el laísmo de su zona llegara allende los mares, pero a mi maestra no le gustaba nada.
Ni a mi abuela que al verme juntar tantas violetas me preguntó si ya era “señorita”.
Ante mi confusión, me explicó que a las señoritas cuando les venía eso (?) cada mes, estaban con muchos dolores y que los mismos se calmaban haciendo té de violetas.
Ni jota que le entendí a mi abuela, pero con ese sexto sentido que uno desarrolla en la infancia que te hace saber que hay cosas a las que mejor hay que darles vía, resolví usar el comodín que tenía aquellos meses y que todo el mundo acogía con un suspiro y un por lo bajo, “pobre niña”:-Abu, son flores para llevar a papá al cementerio.

Siempre tengo en mi mesa de trabajo, alguna caja de caramelos. Éstos días los tengo de violetas e inevitablemente me vino la canción a la cabeza, mientras jugaba con objetivos y texturas.
Las fotos, como una cadena de notas, en blanco en negro, en claves, aquí van y eso que no es noviembre, ni primavera
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Aventuras de Tintin para todos los gustos

Publicado por Sole el 28 Sep 2011 en Cuentos

 
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AUTUMN STORY

Publicado por Sole el 21 Sep 2011 en Cuentos, Diario

 
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De otra manera

Publicado por Sole el 12 Sep 2011 en Cuentos


Desde que he aprendido
a contar hasta cien,
hasta mil,
te echo de menos de otra manera:
como en un escondite largo
mientras espero tu abrazo.

Ana Tortosa

Me gusta todo lo de ésta escritora, pero éste Trampantojo, sobre crecer, es de mis favoritos. Habrá que dejarlo en el Libredón

 
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Higos

Publicado por Sole el 10 Sep 2011 en Cuentos, Epicúrea

Dice mi madre que cuando estaba en la dulce espera de mi personita, tuvo un antojo.
Antojo de higos. Precisando…antojo de brevas!
Aparentemente mi padre, cometió el delito de no conseguirlos, pese a ser finales de verano cuando ella quedó embarazada. Es decir, época mas que propicia para que el fruto estuviera en mercado, o por lo menos en los árboles de la infancia de mi madre.
En descargo de mi padre habría que decir, que mi madre quedó embarazada en una turbulenta época de la historia del Uruguay y que por aquel entonces, mi padre y su uniforme estaban mas pendiente de otras frutas y Montevideo estaba a un mundo de Río Negro.
Lo cierto es que como resultado, todo según mi madre, yo nací con semejante breva en la pierna derecha.
Una mancha oscura, de un verde con tintes morados, que ponía a ojos y juicio del mundo la desconsideración de mi padre, que pagaba la inocente niña.
Lo cierto es que yo recuerdo vagamente esa mancha en mi pierna a la altura de la cadera, que por temporadas estaba mas marcada y por temporadas desaparecía.
“Sucede porque es época “:-decía mi madre.
Lo cierto es que ya fuera por ese estigma embrionario, o por vete a saber que, de todas las frutas del mundo, los higos son los únicos capaces de hacerme recorrer distancias, frenar en carreteras, invadir muros, asaltar fruterías o perseguir amigos que gozan de la suerte de tener una higuera.
Ni siquiera mi tío Pocho y sus cuentos de miedo alrededor del fuego, me quitaron esa pasión. Es mas, se acrecentó con aquella leyenda de que nadie puede ver la flor de la higuera.
Ante nuestra pregunta, el tío explicaba que los motivos eran dos, uno porque solo florece la medianoche del viernes santo y otro, porque quien la ve enloquece. La prueba era Cachilo, el tonto del pueblo que quedara así por no escuchar los cuentos de los mayores y meterse en medio de la higuera para pasar la noche y después de ver tal horror, quedó “ido perdido”.
Durante una temporada me cuidé muy mucho de supervisar la maduración y crecimiento de los higos, desde una distancia prudencial y evitando mirar la cruz central del árbol, sitio elegido por el diablo, para hacer florecer a la señora higuera.
Pero llegado el tiempo en que los higos comenzaban a rezumar miel rojiza, olvidaba los miedos y llenaba mis vestidos de manchas y mis dedos de pegajosa leche y me daba unas panzadas tremendas de fruta.
El resto que combaba mi falda iba a la cacerola, para volverse mermelada.
Años mas tarde mi amiga Noemí Caballer, me regaló un cuento que aun anda en mis repertorios, una historia donde puedo devorar en escena un higo maduro.
Puro placer.


Ayer, andaba con Javi Olleros, por El Grove, fotografiando sus proveedores y me hizo un regalo que iré disfrutando con los meses. Me presentó a la señora Adelina, para algunos vecinos, una rara, para otros una vecina de toda la vida, para mi una valiente con su huerta ecológica, en medio de tiempos de pesticidas y autoridades que retiran todo el apoyo a los pequeños productores y les dejan sin las pocas ferias del sector, donde pueden vender los frutos de su trabajo.
Ya hablaré otro día de ella y su paraíso de verduras, frutas, flores y hortalizas.
Pero ayer, mas allá de las deliciosas frambuesas, tomates o cebollas mis ojos y mis manos se fueron a los higos.
Me traje una cesta , ya que Adelina no permite bolsas.
“Mira neniña que preciosos éstos verdes, son un milagro, tan verdes por fuera, tan negros por dentro, estos te los regalo, y aquí un kilo de los que te gustan. Están grandes, en su punto.”
Aquí estoy ahora homenajeando lentamente a mi madre y su antojo, a mi padre y las horas que habrá pasado buscando fruterías en la capital, que en tiempos de “sediciosos” tuvieran higos del campo y a las tardes de siesta impregnadas del dulzón aroma que dejaban los higos bajo mi almohada, transformada en cueva joyero, donde brillaban mis rubíes únicos y primeros.

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