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Pudor-Corto de Felipe Vara de Rey

Publicado por Sole el 30 Jun 2009 en Uncategorized

A diario recibo de la gente de Notodofilm, el corto del día. Este festival de cine que se organiza exclusivamente en internet, va ganando año a año, no solo mas adeptos sino una calidad mas que destacable.
A diario hay sorpresas, bellos trabajos, reflexiones profundas, golpes a nuestra conciencia.
Hace un tiempo había visto el corto que hoy quiero compartir. Fue uno de los ganadores de la VII edición del concurso y lo traigo hoy a colación de la Nueva Ley de Extranjería. Una ley que a primera lectura, endurece las condiciones para los inmigrantes.

 
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Nueva cara

Publicado por Sole el 29 Jun 2009 en Diario

Cada cierto tiempo, coincidiendo con la primavera, con el verano, con un aniversario o un estado de ánimo, La Caja de los Hilos cambia de cara, que no de mirada.

Cómo el domingo no era precisamente veraniego, Gago se metió de lleno en ordenar las hebras que por aqui voy dejando. Ël me ha dejado listos todos los estantes, ahora yo poco a poco los voy llenando, decorando, adecentando para que todo quede bonito.

Como siempre, en la barra lateral aparecen mis otros blogs (cocina, fotografía, colaboración ecológica, literaria,etc) y también mis amigos y compañeros de camino, mis inspiraciones, y los libros que se apilan al lado de mi cama. Libros que por mas que leo, no se como, siempre tengo una pila que crece.

Quienes me siguen desde blogline, deberán cambiar un pelín la dirección, quienes me tenían en sus favoritos también.

En http://.soledadfelloza.com está ahora mi web profesional, espero que les guste tanto como a mi, aun le faltan cosas pero en esta semana se irá vistiendo y en http://soledadfelloza.com/la-caja/ está éste blog que ya va para los 6 añitos y merecía vestido nuevo.

Aqui sigo y espero que vosotros también.

Un agradecimiento especial a Gago.

 
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Isla de Lobos- Un sueño cumplido

Publicado por Sole el 26 Jun 2009 en Diario, Mis viajes, Uruguay


La Isla de Lobos es un parque Nacional que se ubica en una isla de 46 há, frente a Punta del Este. Visitarla había sido desde siempre un sueño. Normalmente mis fotos de naturaleza las publico en el Blog de AXENA, pero esta vez no me resito a enseñaros algunas. Si quieren leer sobre la parte “tecnica” de estos preciosos animales, vayan al blog.
Mientras termino de retornar a casa, les dejo estas imágenes.





















 
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Ceremonias de conversación

Publicado por Sole el 18 Jun 2009 en Diario, Epicúrea, Uruguay


Hay gente que me pregunta muchas veces, que tiene que ver mi pasión por la gastronomía y el hecho de ser cuentacuentos. ¿Cómo es que relaciono ambas? Muy sencillo, como alguien que siempre anda a la busca y captura de historias, leyendas y mitos de tradición oral (resumiendo mucho que no es día de tesis) me he dado cuenta que mientras se cocinó a fuego lento, en las casas se contó historias. Mientras las cocinas fueron reducto de vida cotidiana, los cuentos circularon de boca a oído. Pero con los años el espacio mínimo que nuestras hipotecas pueden pagar para el espacio culinario ha espantado a todos de ese lugar sagrado, que a duras penas hoy deja sitio a dos que se ponen codo con codo. Si a eso se le suma el hecho de que salvo algún cuento “Hormiga” de Juan Ramón, poco se puede contar entre el momento de encender el microondas y el clinc de ya está listo, tenemos así, un magro menú en palabras y en nutrición.
Salimos pues por la vida a comer fuera. En los dos sentidos. Los cuentacuentos en cierta medida nos transformamos en restaurantes donde la gente va a que le cocinen a fuego lento el alma, con historias y palabras que las prisas cotidianas nos dejan a dieta.
Tenemos así cuenteros burguer, fastgood, de comida casera, étnicos, tradicionales, de nueva cocina, que aparecen en guías con estrellas, algunos con mantel y copas finas, otros con papel a cuadros y vasos de vidrio grueso.
Con algunos pasa como cuando llegas a casa algún domingo y el aroma conocido te anida en tibiezas, otros te provocan e invitan a meterte en nuevos sabores. Los hay que preparan la misma receta, pero les sale tan bien que uno vuelve a ellos como a ese restaurante donde llevas a tus padres o a tus suegros, con la tranquilidad de que “no falla”. Están los que improvisan menús y son fantásticos alquimistas de los sabores. Los que te hacen relamer de gusto, casi chuparte los dedos, los que te dejan con hambre, los que empalagan, los ácidos refrescantes…y mas y mas sabores.
La mise en place de los cocineros es como nuestra preparación, se elige el producto, se le prueba, se le analiza, se le elabora y cuando se lleva a la mesa, así como nosotros estamos al borde del escenario, ellos están en la ventanita de cocina intentando leer en la cara del comensal, que pasa por sus sentidos.
Hay un momento mágico, cuando el sabor de lo que comes invade tu lengua, y baja por la garganta, dejando un mmmm por el paladar, la punta de los dedos, el iris del ojo y un silencio!
Con el cuento bien contado pasa igual, quien escucha pone a nuestra disposición su oído para que se lo salseemos, su corazón para condimentar y se deja hacer a la temperatura que requiera la receta y como se dice por el Río de la Plata, el público queda “adobadito como pal horno”
Estos días por la tierra de mis raíces me he reencontrado con dos ceremonias culinarias de las que aun permiten “aderezar” cuentos. El asado y el mate.
El mate, ésta suerte de regalo que los guaraníes nos han dejado, ésta calabacita tibia que pasa de mano en mano, que ceba el mas experto, el que sabe amontonar la yerba para un lado y girar la bombilla en el sentido justo para que a cada giro, haya un sabor nuevo.
Y entre mate y mate, la palabra se hace lenta, tiene la pausa del sorbo. La frase queda en la mitad, para chupar lento de la bombilla y el círculo de gente que tienes alrededor, no se pone a hablar de otra cosa, espera, sabe que la vida necesita la sabia del agua, un agua verde de los árboles que nos rodean. Cuando se escucha el ffsshht! del final, la frase sigue y el aire contenido en todos los pulmones sale lento y se sigue la rueda.
Así empieza la mañana del asado, a eso de las 10, se junta leña, se pone sobre la larga mesa improvisada con varias mesas de distintas alturas y coloridos manteles, los platos, los cubiertos, la sal, el adobo, el chimichurri, los morrones, la cebolla, las papas y los chorizos y si habrá parrillada, las tripas rellenas, los chinchulines, las mollejas, los riñones, las ubres. El asado lleva ya desde hace horas o desde la noche anterior a veces, con algunos ajos y ramitas de perejil “oreando”
Cada grupo trajo sus cosas, sus platos y cubiertos. El método de traslado es riguroso, se apilan platos, encima cubiertos y un paño de cocina envuelve todo anudando fuerte por arriba.
“El asador” va arrimado leñas a un fuego recién encendido donde ya la “tropera” calienta el agua para el mate. Alguien saca una botellita de arazá, o de caña con pitanga. Pa entonar la garganta que hace frío.
Y entre mate y mate se conversa, de la vida, de los que estamos, de los que ya no estamos. Hay risas, hay lágrimas. Alguien dice algún verso por Benedetti que ya no está.
Hora y media más tarde, ya estamos todos. A un costado del fuego, analizando la dirección del viento, se coloca la parrilla y un hierro largo con una vuelta en el extremo sirve para ir arrastrando brasas debajo. Se distribuye por la parrilla la carne, el asado de tiras por un lado, el vacío que se suele poner para los niños por ser más tierno, las achuras y chorizos por otro y en cordón las verduras, las papas y algún boniato o zapallo se tiran a las cenizas, con cáscara, para que se hagan al calor.
No faltan las bromas sobre la pericia del catador de vientos que sugirió la parrilla en un sitio y el viento manda el humo para otro lado, generalmente para donde están los que toman mate.
Los viejos se sientan en un lado y los gurises agarran troncos pequeños y se les sientan alrededor a pedir cuentos. Cuando se aburren corren al campito con una pelota.
Los mayores sonreímos porque son los mismos cuentos que ya escuchamos hace tiempo.
Los primeros chorizos sirven para una picadita, una tabla con pan en trocitos y rodajitas, pasea una y otra vez por la rueda. El mate sigue pasando de mano en mano pero ya aparece algún que otro vaso de vino.
Una y otra vez se agregan brasas bajo la parrilla desde el fuego que chisporrotea.
La gracita de la carne hace ruiditos en las brasas y el aroma inunda el patio.
A eso de las dos llegan los “amanecidos”, los adolescentes de la familia que anduvieron de baile “que anoche era sábado” se acercan con ojos como líneas, besan a los abuelos, aguantan las bromas y se dirigen impertérritos a la única botella de Coca-cola que hay para los niños.
Las madres apartan trozos de carne, jugosos y van picando para los bebés.
Todos recordamos la época que mi abuela se quedaba con varios de nosotros, llorosos cortadores de dientes que solo nos calmábamos con una tira de carne que la abuela cortaba sabiamente con un nervio por dentro y luego de darle un toque de plancha en la cocina a leña nos daba como chupete a todos.
-Y ninguno tiene colesterol-suele acotar alguien entre risas.
Finalmente, todos a la mesa, en mi casa por lo menos, nunca hubo mesa” para niños”, que se sienten aquí decía mi abuela, así aprenden. Y aprendíamos.
A poco de estar todos servidos, surge una voz que grita “un aplauso pal asador”. Se aplaude, se brinda, se ríe, se discute, si alguien saca la política, alguna tía dice que con vino y cuchillo de eso no se habla.
Ensalada de frutas o pasteles de dulce de membrillo, llegan para el postre.
La mesa se subdivide en grupos que conversan de a ratos hacia un lado de a ratos hacia otro.
Las horas pasan lentas, algún soltero marcha sobre las cinco entre las chanzas de cuando la traes y se sigue conversando chiquito. Se habla al corazón. Y mientras el sol baja, la emoción danza. Cada cual recoge sus cosas entre las últimas bromas y las promesas del siguiente asado.
Ahora hay que organizarlos con tiempo, es difícil hacer coincidir a todo el mundo con un día entero libre. Pero todos lo intentan. Casi sin saberlo hacen el esfuerzo de mantener viva una tradición, que no solo alimenta la tripa, sino que nutre la cabeza y el corazón con las palabras de tu gente y de tu tierra.
Y mientras estas ceremonias sigan la palabra sigue anidada. Aderezada, saboreada, cocinada, convidada. Alimento vivo.

 
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Silvana Mangano- Anna

Publicado por Sole el 13 Jun 2009 en Diario

 
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Danzando entre espumas

Publicado por Sole el 12 Jun 2009 en Diario, Mis viajes, Uruguay


Foto Erick
Hoy a salido el sol otra vez. Y su aparición en el cielo, trajo aparejada la rápida presencia de las mujeres en la pileta.
Cuando en América Latina dices eso, no te refieres a mujeres en bañador que disfrutarán de un merecido descanso al lado de una piscina. Aquí la pileta, es el piletón. Es sinónimo de fajina, de trabajo duro. He conocido muchas mujeres que se han dejado la espalda en la pileta, encorvadas durante horas, lavando la ropa de familias ricas de la ciudad, y eso las que tenían una “mejora” las había que lavaban con una tabla en el río y acarreaban en su cabeza los atados de ropa limpia.
A mí me ha tocado pileta hoy. Hay lavarropas, pero se suele dejar para cuando hay mucha ropa o “la luz” y “el agua” están más barata.
Para mi madre y muchas mujeres de su generación lavar a mano es algo necesario para el espíritu, la máquina es demasiado bonita para esos menesteres. A ella le luce más con la carpetita que le ha tejido y el helecho.
Al comenzar, ya ni recordaba de qué lado había que ponerse, pero no en vano he lavado a mano en mi vida más tiempo que con una máquina, así que acomodé la cadera a la altura de la paleta de fregar, rocié de jabón en polvo la ropa y abrí la canilla. La fuerza del chorro comenzó a crear montañas de espuma.
Y aparecieron entre ellas otras mañanas de invierno, las terribles mañanas en que la ropa dejada a blanquear desde el día anterior, tenía una capa de hielo por encima.
Mi cadera estaba bastante más lejos, es mas creo que a los 10 años una no tiene caderas. Un cajón de coca cola me ayudaba a llegar a la altura y allí las lágrimas derretían el agua helada. Odiaba lavar, odiaba esas sábanas enormes que el miedo de la noche anterior había mojado.
Odiaba el castigo de lavar todo antes de ir a la escuela. Odiaba la vergüenza de que los vecinos me vieran allí tan temprano, odiaba el colchón al aire, el picor de los sabañones.
No debo ser personita de odios, porque en medio de toda la desbocada palabrería interna, la espuma se transformaba en un vestido, largo y blanco. El que llevaría en mis 15. Todas mis compañeras de clase ya tenían a sus padres ahorrando para ese día y las madres guardando revistas con modelos.
En mi casa no se hablaba de eso, cuando alguna vez se mencionó, se me dejó bien en claro que alguien que tenía que lavar las sábanas tan temprano y casi todos los días, no podía ni soñar con la puesta de largo de una señorita.
El enojo me salvaba otra vez entre refriegas de ropa. Imaginaba que no era ropa, que era pan, que ese estirar y recoger de la mano derecha, mientras la izquierda apretaba el extremo, era una masa dulce, a la que pondría uvas pasas y unos trozos de naranja abrillantada y unas cáscaras de limón y trenzaría la masa, así, así como torneaba la sábana y así como la enroscaba en mi brazo, así enroscaría la masa en una tortera grande.
Pero la masa-sábana cuando llegaba a la soga era la vela del barco de Emilio Salgari que se abría, y se extendía y me llevaba lejos a buscar un príncipe azul que me regalaría un vestido y entraría conmigo al baile, más guapo que cualquiera de los de mi clase, más guapo que todos los del barrio, que Tino de los Parchís y giraríamos mucho, mucho, tanto como yo giraba con la sábana mojada a mi alrededor. Así que el baile siempre terminaba, no a las 12 sino cuando caía en mi cara un chorro de agua fría.
Con los ojos bajos miraba a mí alrededor, y si algún vecino andaba por el fondo de su casa, echaba a correr puerta adentro, me ponía la túnica, agarraba el portafolio y corría calle arriba hacia la escuela.
Hoy he lavado, hoy he soñado, hoy he bailado y aunque hay 9554 km entre nosotros, bailando conmigo, estabas tú.

 
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El cementerio viejo

Publicado por Sole el 10 Jun 2009 en Diario, Miradas, Uruguay


La “gimnasia” cuando dabas el salto de la escuela al liceo, era en la Plaza de Deportes. Eso implicó en mis tempranos 12 años unas horas de libertad entre ómnibus y ómnibus que me devolvía al barrio después de clase.
La rutina era comprar unos “carasucias” en la panadería de la esquina. Saludar a Gaspar Masa, el profesor de la escuela que vivía a la vuelta y que siempre repetía lo crecidas que estábamos y lo chiquitas que éramos cuando él nos daba clases y después meternos al cementerio.
Para nosotros era el Cementerio Viejo, para los profesores el Monumento a la Perpetuidad.

Por aquel entonces, paseábamos sin ningún interés histórico por sus tumbas, mas por el punto macabro de intentar ver algún hueso , que por que allí estuvieran enterrados los héroes y propulsores de la ciudad.
Las tumbas estaban invadidas de hierbas y los árboles crecían de manera desmesurada.
No se puede decir que fuera un abandono, sino más bien la falta total de interés de unas autoridades que estaban más preocupadas por construir estadios y velódromos gigantescos, que por velar por una parte de la historia. Los jardineros municipales pasaban por allí, pero muy de tarde en tarde.

Nos sentábamos sobre las lápidas y más de una vez vislumbramos cráneos y huesos que los vándalos por la noche dejaban fuera, luego de rebuscar una vez más por si quedaba algún anillo o joya entre los difuntos.
Surgía siempre la leyenda de un anillo que alguien robó de un dedo de novia y que desde entonces esa novia, dolida aparecía a todos los hombres jóvenes de la ciudad para preguntarles por él o quedarse con el que llevaban, arrastrando a su tumba, no solo anillos sino dedos.
Se contaba también una historia que años más tarde le escuche a Domingo Chinchilla, un cuentero valenciano. La historia de la mujer que bailaba toda la noche, que era acompañada por el galán que solícito le dejaba su abrigo y que cuando iba a buscarlo al día siguiente, en la dirección donde la había dejado, le contestaban que esa mujer había muerto hacía años, que si no lo creía fuera al cementerio. El hombre iba y allí estaba ella, con la mirada perdida, unas flores en la mano y a sus pies la chaqueta que había abrigado esos hombros.

Todos acababan riendo, pero a mi esas historias me sobrecogían, caminaba entre los panteones intentando seguir el rastro de tanto mármol llegado de Italia.
Imaginaba las frases del filósofo al que le construyeron un sabio sobre su tumba, o que enfermedad curaba la receta en piedra de la tumba del médico, o los secretos que escondían las tumbas de los masones. Reconozco que tenía y tengo predilección por éstas frente a las tumbas cristianas. Me embobaba mirando sus pupilas inertes, sus dedos lánguidos. Los símbolos esotéricos, las escrituras talladas, las alegorías, los ángeles del dolor, la muerte, el tiempo, la templanza, la fe, la caridad, la esperanza; columnas tronchadas y objetos quebrados que simbolizan particularidades de las personas sepultadas.

Había una lápida dedicada a un niño que había muerto a los 14 años, dos meses y tres días que me hacía erizar. Me imaginaba muriendo a esa misma edad, llegué a contar los días y a ponerme frente a la tumba cuando calculé que tenía el mismo tiempo que él. Me parecía la más romántica de las muertes, encontrarte en el mas allá con alguien de tu edad, que la tenía y no.
Mil veces soñé con tener esas hermosas narices, esos torneados brazos, esos portes.

Los años pasaron, los vándalos pintaron y destrozaron mucho. La Intendencia está restaurando el que hoy es un Monumento Histórico, no en vano recoge obras de Giovanni del Vechio, Santo Sacommano, Juan Azzarini, José Livni, Francisco Poncini entre otros.

Hoy, como casi toda esta semana, amaneció con niebla. Marché hacia allí sabiendo que las cosas son muy distintas . Los jacarandás, robles, fresnos, palmeras, espumillas, magnolios, cipreses y pinos están podados, cuidados y dan cobijo a las tumbas al lado de caminos de piedras rojas, dibujados con precisión. Los andamios cubren la clásica fachada un pórtico de estilo greco–romano con columnas corintias que sostienen un pesado capitel, coronado por un ángel.
Hoy está recobrando su esplendor, éste hermoso testigo de la Heroica.

 
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Poemas naranjas

Publicado por Sole el 7 Jun 2009 en Diario, Mis viajes, Uruguay


Cada uno ponía una moneda. Tintineaban en la lata. Los que tenían fama de comilones, tenían que poner mas, los chicos, los mas chicos, poníamos menos. Después nos sentábamos en el cordón de la vereda a esperar. Generalmente Fabio y Jorge, los mas grandes eran los encargados de salir calle abajo, hasta la Sandupay, la fábrica de naranjas.
Volvían encorbados con el peso de las mandarinas.Una bolsa de arpillera que cogían cada uno de un extremo.
Llegaban cuando el sol tibio de las dos de la tarde nos daba a pleno.Alicia o Claudia imponían orden:dejen agarrar a todos!
Hundir el pulgar en el medio y sentir el aire perfumado que estallaba en la cara, a veces hasta con alguna gotita ácida que te hacía llorar entre las risas de todos.
Había quien tragaba sin contemplación gajito tras gajito, quien le quitaba todas las venitas blancas del hollejo, quien sacaba las semillas con los dientes, quien con los dedos, quien escupía de lado y con chulería las semillas de media mandarina y quien se tragaba las semillas y recibía la amenaza terrible de que te crecería un árbol en la barriga.
Entre hazañas infantiles, cuentos de viejos amenazantes, o diabluras, bajábamos la bolsa. En la vereda, una montaña de cáscaras naranjas, perfumadas medias lunas que llevaríamos para la estufa para aromar el fuego.
No hacíamos nada del otro mundo, imitábamos y repetíamos la imagen que casa a casa se puede observar en invierno por todo Uruguay y principalmente en Paysandú, zona de cítricos en abundancia.
Hoy el sol brilla con fuerza entre los árboles, con una cesta llena de mandarinas, nos vamos al sol y alli reímos largo mientras recordamos otras tardes, cuando estábamos todos.
Me emociono al apartar las hojas con las que llegan las mandarinas, palpo los árboles de donde salieron y cerrando los ojos hundo el dedo en el centro, aparto el cabito y de fondo me suena el Queguay, el río “peine de agua” donde nacieron, jugamos a hacer crestas de gallo dando vuelta los gajitos con cuidado y nos reímos de sentirnos niños otra vez,solo que ahora, vete tu a saber porqué tontería del crecimiento, no nos atrevemos a sentarnos en la vereda.

 
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Un post de los que uno no quiere escribir

Publicado por Sole el 5 Jun 2009 en Diario, Uruguay

Llegaste con los bolsillos llenos de chocolondos , galletitas y caramelos.
Desde mis 10 años te miré demasiado alto al lado de mi madre, que se había pintado otra vez los labios. Desde febrero que papá se había muerto, no se pintaba nada y ahora, cuando empezaban las vacaciones de julio, allí aparecía otra vez la barra dorada de color rosa palo.
Mi hermana estaba a mi lado, pero como siempre y para siempre, no sabía que pensaba, ni se hoy que pensó.
Nos repartimos las golosinas y nos sentamos en los sillones de sky rojo, frente a la tele y la chimenea. Otra vez podíamos ver dibujitos, ya no había eso que mi madre y mis tías llamaban duelo.O por lo menos eso nos dijeron porque a mí el pecho aun me dolía.
Con el correr de los días te vimos más veces, en casa, en la plaza, en el río paseando lento con mi madre detrás de nosotras.
Yo sabía de ti, claro, vivías en el barrio y conocía de ti lo que sabe cualquier niño que jugaba en el campito de detrás de tu casa. A los diez años, los vecinos, son cosas incomprensibles que solo saben gritar cuando les cae la pelota en su jardín. No futuros habitantes de “tu” casa.
Una mañana mi madre ocupó el hueco de los armarios con tu ropa y la silla de mi papá fue tuya, y el lado de la cama y la mecedora del jardín. Ahora eras tú quien los sábados daba vuelta la tierra y sembraba la huerta. Eras quien hacía los asados y quien decía a las 9 y media “a la cama”
Te odié y desplegué frente a ti todas mis armas infantiles, desplantes, vacíos, respuestas a gritos, desobediencias y rebeldías. Llegué a esconderte las herramientas de la bicicleta con que ibas a trabajar cada día en las afueras de la ciudad. Me daba igual que desde que estabas otra vez la comida era rica y completa, no se le agregaba agua a la leche ni se hacía durar más la yerba en el mate.
Te corté en trozos todas las camisas de mi padre que mi madre quiso que usaras (para aprovechar). Fui yo también la que cortó en trocitos la foto aquella de cuando habías ido a Buenos Aires. Fui yo la que vació la botella de caña que te habían regalado y guardaste para un día especial.
La frase más repetida de aquel año fue “no eres nadie para mí”.
Odiaba tu risa de diente blancos y cortitos, tu andar de vaquero de película y la manera con que entrecerrabas los ojos para mirar cada una de mis trastadas mientras decías “Marisol m’hija…” Fue ahí cuando descubrí a quien te parecías, a Clint Eastwood y me dio más rabia que llegaras a nuestras vidas como el bueno que viene al pueblo a matar el malo.
Pero no te diste por vencido y así llegaron las idas al monte para quedarnos días pescando, los fines de semana en el arroyo, los cumpleaños, las navidades.
Poco a poco te ganaste tu sitio y me ganaste.
Los años y la vida me enseñaron a quererte y a ver los pequeños gestos que a diario tuviste conmigo durante tantos años.
Supe de tu mandar a la mierda a vecinas que intentaban hablar mal de mí. No debe de haber sido sencillo defender a la hijastra díscola que estudiaba teatro y se juntaba con izquierdosos.
Un día, en sus pocas palabras para explicar dijo “era defender mi hija, nada más”
Se leía todos los diarios donde salía y escuchaba la radio para saber por dónde andaba.
Nos dio la casa y la comida que otro hombre menos previsor nos quitó. Nos dio cobijo, abrigo y desde su reír bajito la tranquilidad de un padre.
Sus bromas infantiles se repetían en cada comida familiar, su espalda recta fue siempre la primera a la hora de acarrear ladrillos que levantaron nuevas casas, poner suelos, o pintar paredes. La jubilación le llegó para dejarle horas más para su amada quinta. Sus lechugas, acelgas, tomates y morrones eran de competencia y su paciencia para las enfermedades imaginarias de mi madre, de monumento.
Se transformó sin saber cómo, en el bloque , en el faro que se mantenía en medio de la tormenta, siempre con una broma o un comentario bajito lleno de mordacidad y acertado.
Por eso tal vez nadie esperaba que fuera él quien se quejara un día de un dolor en el pecho, los médicos siempre han sido en nuestra familia territorio privado de mi madre.
Los médicos hablaron de un golpe en la costilla que seguramente se hizo cuando construía la casa de mi hermana. Le mandaron gimnasia. Volvía agotado y con más dolor a la casa. Dijeron que por ser diciembre, que seguro al llegar los fríos estaría mejor.
Pero las cosas empeoraron, después de mil errores de diagnóstico y de pelear por una tomografía, llegó la palabra maldita.
Estaba allí, en el pulmón, acechando desde hacía cinco años. Pero nadie la vio.
Las enfermeras alababan su valentía frente al dolor y las molestias de la quimio. Seguramente rendidas en su sonrisa.
Hablamos un jueves de abril, me dijo que ya estaba buscando la leña para el asado, que me quedara tranquila que él esperaba a que yo llegara, que me quería ver.
El lunes siguiente, ya mayo, sin poder silbar como a él le gustaba, bajito, al estilo Clint más un ssss entre dientes que otra cosa, se marchó para siempre sin cumplir su promesa.
Los 9500 km se multiplicaron cuando por teléfono mi madre y yo enlazamos el dolor de tu ausencia.
Ahora estoy aquí, he ido a donde ahora estas, o dicen que estas desde hace un mes. No me lo creo, sabes, aunque estuve de pie un rato al lado de esa tierra removida, de ese 257 que es tu número, de esas flores que tenías, mas las que te he llevado. Sigo sin creerme que no va a llegar tu alta figura en bicicleta hasta la puerta de mi casa, que tu pelo abundante y canoso no se verá por encima de la cortina de la ventana, donde te escondías para hacernos bromas al pasar. Que no escucharé tus ahh de cuando te contaba del mundo, de la Barcelona de tu hermana, de la España que querías ver algún día. De tu peñarol y mi nacional. De un asadito. De un vinito que compartíamos mientras mi madre nos rezongaba por beber. Del tabaco que liabas desde los 14 años cuando empezaste a trabajar descargando bolsas de cereales en el puerto, de tus alpargatas al lado de la estufa, de tu radio portátil colgada del limonero mientras sembrabas.
No pude, no pudiste darme el abrazo que nos veníamos debiendo desde hace un año y pico.
Te fuiste de mi vida, como llegaste, sin saber muy bien como y sin creérmelo.
Pero como nos debemos un asado. No te digo adiós, se que como los vaqueros te estás marchando del pueblo después de realizar el trabajo, pero volverás y como la chica que despide al héroe desde el porche, levanto el pañuelo que me pediste la última vez que te trajera y no te digo adiós, te digo chau, Papá, chau.

 
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Bolas de fraile

Publicado por Sole el 2 Jun 2009 en Diario, Epicúrea, Mis viajes, Uruguay


Por la noche ha soplado el pampero y el cielo está limpio, limpio.
El viento que atraviesa las Pampas y llega atravesando el país de sur a norte, es un viento frío, helado, cortante. Es un viento que lava la cara a las nubes y las deja blancas y esponjosas bailando entre las ramas de los árboles que pierden las hojas, con un cielo celeste intenso de fondo.
La chimenea está encendida, el mate calentito circula en conversaciones, risas y recuerdos.
Caen los amigos, se repiten los abrazos, las risas. Las historias mínimas que cuelgan en la telaraña de la amistad perlas que año a año brillan cada vez más. Desaparecen las distancias con cada anécdota.
Nos dejó la China, nació Agustina. Creció Panchito y ahora es Pancho. Ramón tiene una pelea dura con el innombrable, la Negra está firme al pie del cañón, se divorció mengano, se casó zutano y bla, bla, bla.
En la mesa los bizcochitos de grasa, y las bolas de fraile.
De niña adoraba comprar éste buñuelo impregnado en granos de azúcar, de masa aromática y contundente que sobraba en la mano. Me gustaba, pero creo que lo que más me atraía, era el hecho de decir una palabra que puesta al lado de “fraile” se santificaba, pero dicha en otro sitio era una palabrota de las que mi madre amenazaba con borrar con agua y jabón.
Me recuerdo saltando por la acera-vereda, los dedos intentando cubrir el bollo cantando “bolas-bolas-bolas-bolas-bolas-bolas-bolas de fraileeeeee”
Una vez, a la salida de catequesis, pasé por la panadería con mi moneda, dentro estaba una de las hermanitas Monegal, la que más cara de monja tenía. Me asustó tanto su mirada que toda seria pedí a la panadera:-Me da testículos de fraile. Aun hoy al recordarlo, me arde la cara, tanto como me ardió ese día corriendo hacia mi casa estrujando, hasta desmigarlo, un precioso y amarillo buñuelo.
La receta, por si se animan

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